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Editorial: Friol — el progreso a cualquier precio

Galicia editorial 07jul2026

Editorial: Friol — el progreso a cualquier precio

El proyecto avícola de Friol es, a la vez, una buena y una mala noticia para Galicia. Sesenta y dos millones de pollos al año. Treinta millones de euros de inversión. Cuarenta y un empleos directos en una comarca, Terra Chá, que lleva décadas perdiendo población. A primera vista, los números cantan: inversión privada, empleo, riqueza. La Xunta lo ha calificado como proyecto de interés estratégico, acelerando permisos y facilitando su tramitación. En un Galicia que se desangra demográficamente, cualquier inversión industrial es bienvenida. Pero conviene mirar los números dos veces antes de aplaudir.

Empecemos por los empleos. Cuarenta y un puestos de trabajo para una inversión de treinta millones de euros significa que cada empleo cuesta más de 730.000 euros de capital. Es una ratio extraordinariamente baja de generación de empleo por euro invertido. En sectores como el turismo rural, la tecnología o los servicios, treinta millones generarían cientos de empleos, no decenas. La industria avícola intensiva es, por definición, un negocio de capital intensivo y mano de obra reducida: automatización, naves enormes, procesos estandarizados. Cuarenta y un empleos son reales y necesarios en Friol, pero no transformarán la demografía de la comarca.

Luego está el impacto ambiental. Sesenta y dos millones de pollos generan una cantidad colosal de estiércol, amoníaco, residuos orgánicos y emisiones de gases de efecto invernadero. Las naves avícolas industriales producen olores que pueden detectarse a kilómetros de distancia. El tráfico de camiones —transporte de piensos, traslado de animales, salida de carne— saturará carreteras comarcales que no están preparadas para ello. Los acuíferos de Terra Chá, una de las reservas de agua subterránea más importantes de Galicia, podrían verse afectados por filtraciones y residuos. ¿Está preparada la infraestructura de Friol para absorber este impacto? La respuesta, hoy, es que nadie lo sabe con certeza.

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La siega de la declaración de interés estratégico agrava las dudas. Ese estatus permite al proyecto saltarse trámites ambientales que, en condiciones normales, exigirían un estudio de impacto riguroso: evaluación de residuos, plan de gestión de purines, análisis de tráfico, consulta vecinal. Cuando un proyecto se declara estratégico, la urgencia económica se impone sobre la precaución ambiental. Y la experiencia en Galicia no invita al optimismo: llevamos décadas viendo cómo los macroproyectos industriales prometen prosperidad y dejan pasivos ambientales que paga el contribuyente.

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Hay además un debate de modelo. ¿Es esto lo que queremos para el rural gallego? ¿Convertir Terra Chá en un santuario de la producción cárnica intensiva? Galicia ya tiene un sector avícola potente, pero la imagen de marca de nuestros productos agroalimentarios se basa en la calidad, la tradición y el respeto por el territorio. El pollo industrial de Friol no se vende como producto gallego de calidad: se vende como commodity, a precio de mercado internacional, compitiendo con Brasil, Estados Unidos y Tailandia. El margen de beneficio está en el volumen, no en el valor añadido.

No se trata de oponerse al progreso. Se trata de exigir que el progreso no llegue a cualquier precio. Friol necesita empleo, sin duda. Pero necesita también un debate honesto sobre el coste ambiental, el modelo productivo y el tipo de desarrollo que queremos para nuestros pueblos. Treinta millones de euros de inversión privada no deberían comprar silencio. Deberían comprar transparencia, garantías ambientales y un plan real de integración en el territorio. Si el proyecto avanza con esas condiciones, bienvenido. Si avanza sin ellas, estaremos repitiendo un viejo error gallego: confundir inversión con desarrollo.

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Periodista de Galicia Universal.

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