El rugido de los Canadair sobre la terra
El estruendo metálico de un Canadair CL-215 o CL-415 surcando el cielo de una Galicia reseca es, para muchos, el sonido de la esperanza. En las últimas semanas, el debate sobre la eficacia de estos aviones anfibios ha vuelto a primera plana nacional, avivado por la comparación entre el modelo de gestión de flotas en España y el de países como Turquía. Mientras en la cuenca mediterránea se discute sobre la modernización de las aeronaves, en nuestras rías y montañas la pregunta es más terrenal: ¿estamos preparados para el próximo gran incendio?
Lo cierto es que la polémica turca ha puesto el foco en un problema que en Galicia conocemos bien. Turquía, que ha sufrido incendios devastadores, optó por una flota mayoritariamente alquilada y gestionada por empresas privadas, un modelo que ha mostrado fisuras en la coordinación. Frente a eso, el sistema español, con su 43 Grupo del Ejército del Aire y los medios del MITECO, apuesta por la propiedad pública y una estructura militarizada. Ahora bien, esa aparente solidez choca con una realidad gallega muy particular: la complejidad orográfica de nuestro monte y la atomización de la propiedad forestal.
“No es lo mismo apagar un fuego en un pinar de repoblación de Soria que en un valle encajonado de Os Ancares. El Canadair es una herramienta potentísima, pero necesita de una coordinación fina con las brigadas terrestres, algo que en Galicia a veces falla por la dispersión del terreno”, explica un técnico de la Consellería do Medio Rural.
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La gestión de la flota: ¿pública o privada?
La comparativa con el modelo turco ha reabierto el melón de la externalización de servicios. En España, la flota de 22 aviones anfibios (entre Canadair y el nuevo modelo Airbus C295) es operada por militares. Esta estructura garantiza una disponibilidad continua y una formación homogénea de las tripulaciones, algo que en Galicia se valora especialmente. Sin embargo, el coste de mantenimiento es elevado y, en temporadas de baja siniestralidad, algunos expertos lo consideran sobredimensionado. En la terra gallega, donde la media de incendios es tres veces superior a la nacional en superficie quemada por habitante, la polémica cojea de otro pie: no es si sobran o faltan aviones, sino si llegan a tiempo.
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Ver planes de email →De hecho, la morriña que sentimos los gallegos por nuestros montes se traduce en una exigencia de inmediatez. Cuando el fuego prende en la Serra do Xurés o en las Fragas do Eume, la distancia desde la base aérea más cercana (habitualmente la de Santiago o la de León) puede suponer una demora letal. Frente a la estrategia turca de tener bases regionales con contratos privados, el modelo español centraliza la decisión en Madrid, lo que genera una burocracia que, en el fragor de la batalla contra las llamas, se cobra un peaje en minutos preciosos.
El desafío gallego: el monte no es un olivar
Pero más allá de la gestión de la flota, el verdadero reto está en el terreno. Los Canadair son eficaces en masas forestales continuas y de gran tamaño, como las dehesas extremeñas o los pinares mediterráneos. En Galicia, sin embargo, el paisaje es un mosaico de minifundios, con parcelas abandonadas, matorral y eucaliptales. Aquí, un lanzamiento de agua de 6.000 litros puede ser un martillazo en un huevo si no va acompañado de una retranca estratégica que anticipe el comportamiento del viento en los valles.
La realidad es que, para el monte gallego, el avión anfibio es un complemento, no la solución. La verdadera partida se juega en la prevención: en el desbroce de franjas de seguridad, en la recuperación de pastos comunales y en la gestión de la biomasa. Mientras no se aborde ese problema estructural, el rugido de los Canadair seguirá siendo el preludio de una tragedia anunciada. Y eso, en una tierra que arde cada verano con la fuerza de una maldición, es un lujo que no podemos permitirnos.
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