Marina Prieto, una vecina de Santiago de Compostela de 102 años, se ha convertido en una inesperada sensación en Instagram desde que su nieto creó su cuenta a principios de 2023. Con más de 9.000 seguidores, la plataforma se ha convertido en un escaparate de su día a día: paseos por la ciudad, tardes en la huerta y reuniones con amigas que muestran una forma de vida sencilla y resistente. La decisión de compartir esas escenas partió de su familia para preservar y difundir la ternura de su rutina, y pronto trascendió el círculo íntimo hasta captar la atención nacional. La repercusión demuestra que la autenticidad de lo cotidiano atrae a audiencias diversas.
La presencia de Marina en las redes se disparó después de que su imagen fuera utilizada en una campaña publicitaria que llenó el metro de Madrid de fotografías suyas. Esa acción, encargada por JCDecaux y realizada por la agencia DAVID Madrid, buscaba reivindicar la eficacia de la publicidad exterior y terminó por atraer miradas hacia su perfil. La campaña obtuvo reconocimiento internacional, lo que a su vez impulsó el crecimiento de sus seguidores y despertó la curiosidad de muchos que descubrieron su cuenta a raíz de aquellos anuncios.
Detrás del perfil está su nieto, Ángel Vigo, quien se encarga de documentar los momentos que considera más entrañables: a Marina pelando castañas, arreglando un guante o disfrutando de las luces navideñas con la familia. Son imágenes humildes y sin artificios, tomadas en encuentros familiares cuando él puede desplazarse desde la ciudad para visitarla. Esa cercanía familiar se percibe en las publicaciones y ha sido clave para que la audiencia conecte con su historia más allá de la simple curiosidad por su edad.
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Conoce más →La responsable de buena parte de su atractivo es precisamente esa naturalidad. En un paisaje mediático saturado de posados y retoques, las fotografías de Marina recuperan lo cotidiano: paseos por la Cidade da Cultura, labores en la huerta y su gusto declarado por los churros, pequeñas rutinas que, según su entorno, le siguen ofreciendo motivos para moverse. Aunque no es usuaria activa de las redes y no comprende todos los mecanismos digitales, acepta que su figura haya llegado a ser reconocida fuera de Santiago.
La propia imagen de Marina en el espacio público ha provocado reacciones en la calle: peatones que se giran para confirmar si la ven pasar, llamadas de familiares orgullosos y mensajes de desconocidos que celebran su vitalidad. Para muchos seguidores, su perfil funciona como un recordatorio de que la felicidad puede encontrarse en gestos sencillos y en la compañía. Esa percepción ha generado un seguimiento heterogéneo, que va desde vecinos hasta personas de otras comunidades interesadas en relatos de vida reales.
Especialistas en comunicación y sociólogos coinciden en señalar que la figura de Marina encaja en una tendencia que valora la autenticidad y la diversidad de edades en la esfera pública. La visibilidad de mayores en plataformas digitales contribuye a romper estereotipos y a abrir conversaciones sobre envejecimiento activo y calidad de vida. En su caso, su ritmo diario, la movilidad que conserva y su implicación en actividades familiares ilustran una versión de la vejez alejada de la pasividad.
El fenómeno también plantea preguntas sobre la representación y el consentimiento en redes: aunque la iniciativa partió de su familia y cuenta con su aprobación, la exposición masiva de una persona mayor implica responsabilidades éticas. En el entorno de Marina aseguran que las publicaciones respetan su dignidad y buscan celebrar su historia más que explotar su imagen. Esa sensibilidad ha contribuido a mantener un tono cálido y respetuoso en los comentarios y en la gestión del perfil.
Al final, la popularidad de Marina Prieto responde a una mezcla de factores: la curiosidad inicial por una imagen insólita en la publicidad, la constancia de un nieto que documenta su vida cotidiana y el apetito del público por relatos humanos y cercanos. Sus paseos, sus pequeñas aficiones y su carácter accesible la han convertido en un símbolo informal de la ciudad, capaz de recordar que detrás de cualquier filtro hay vidas reales que merecen ser contadas con sencillez.
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