Isidra Cobos, 66, cuida 3 hogares: muy duro y sin prejubilar

Isidra Cobos, auxiliar de enfermería de 66 años, trabaja por las mañanas en tres domicilios de San Pedro de Alcántara (Málaga) y sostiene que la ayuda a domicilio es una tarea extremadamente exigente que debería permitir la prejubilación. Tras casi cuatro décadas dedicada al cuidado de personas dependientes, ha pedido reducir su jornada porque nota el desgaste físico y psicológico propio de su profesión. Su caso pone de relieve una reivindicación extendida entre las trabajadoras del sector: la posibilidad de retirarse de manera anticipada por la dureza de la tarea. Al mismo tiempo, denuncia que las prestaciones del sistema de dependencia no cubren todas las necesidades y tensan el día a día de usuarios y cuidadores.
Formada como auxiliar de enfermería, Isidra eligió la asistencia domiciliaria frente a otras salidas profesionales porque, según explica, le permite prestar una atención más personalizada dentro del hogar y aliviar a familias que están agotadas por el cuidado continuo. Valora poder acompañar a las personas mayores o enfermas en su entorno, facilitar su higiene y autonomía y mantener una relación próxima con quienes atiende. Señala que ese trato directo, distinto del que se ofrece en una residencia, es lo que le resulta más gratificante.
Su jornada comienza a las ocho de la mañana en el primer domicilio, donde ayuda a una persona a asearse y a prepararse para acudir a un centro de día. Entre las 09.30 y las 12.00 visita al segundo usuario de su ruta y, a continuación, se desplaza a un tercer hogar para dos horas más de atención. La itinerancia y la acumulación de tareas en distintos domicilios condicionan un ritmo de trabajo muy intenso, especialmente cuando las prestaciones públicas no alcanzan para contratar más horas de apoyo.
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Ver en Hotels.com → PublicidadUno de sus usuarios es Jorge Macías, también de 66 años, que tiene reconocida una dependencia de grado 2 y lleva dos años en silla de ruedas como consecuencia de una artrosis severa que le impide caminar con normalidad. Jorge tardó cerca de dos años en acceder a la ayuda a domicilio a la que tenía derecho, pese a su limitada movilidad y a que no puede, por ejemplo, cerrar los dedos con facilidad o estirar las rodillas con normalidad. La espera y la falta de recursos para cuidados a domicilio son, en su caso, un ejemplo de cómo el sistema no está dando respuesta inmediata a situaciones de gran necesidad.
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Ver planes de hosting →Viudo y sin hijos, Jorge vivía prácticamente aislado antes de la llegada de Isidra, que le permite salir a la puerta y conversar con vecinos, algo que él valora como una distracción necesaria. Antes trabajó como fontanero en el ayuntamiento, por lo que aún conserva lazos con la comunidad y agradece poder mantener el contacto social. Además de ayudarle con la comida, la cuidadora le facilita materiales para actividades manuales que le entretienen, como el dibujo, las sopas de letras y los puzzles, y con los que mejora su calidad de vida.
Isidra reconoce su propia fortaleza, pero reivindica la posibilidad de prejubilación para quienes desempeñan trabajos de alto esfuerzo físico y emocional. Por eso solicitó una reducción de jornada; no por incapacidad absoluta, dice, sino para sostenerse en la profesión sin exponerse a un desgaste que considera irreversible con la edad. Esta petición coincide con las demandas sindicales del sector, que señalan problemas estructurales: formación específica exigida, salarios bajos y dificultad para atraer y retener personal en un trabajo que obliga a desplazarse de casa en casa.
El retraso en la concesión de prestaciones y la insuficiencia de los recursos públicos son, según trabajadoras y familiares, causas centrales de la sobrecarga para los cuidadores y para las familias. Casos como el de Jorge, que tuvo que esperar dos años pese a sus limitaciones, evidencian las tensiones del sistema de dependencia que las administraciones están llamadas a corregir. Mientras tanto, profesionales como Isidra continúan su labor diaria intentando compaginar vocación y necesidades económicas, con la vista puesta en reformas que reconozcan la dureza de su tarea.
La historia de Isidra y Jorge resume el doble lado de la ayuda a domicilio: por un lado, el impacto positivo y transformador del acompañamiento cercano; por otro, la precariedad laboral y las carencias del modelo actual de atención a la dependencia. Ambos reclaman, a su manera, más recursos y medidas que protejan tanto a quienes necesitan cuidados como a quienes los prestan, incluyendo fórmulas que permitan aliviar la carga de las trabajadoras veteranas sin privar a las personas dependientes de una atención humana y continuada.
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