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Kim Jong-un, terceira xeración dunha monarquía que non existe

Kim Jong-un, tercera generación de una monarquía que no existe

Kim Jong-un es, desde hace años, la cabeza visible de un régimen que ha repetido la herencia dinástica durante tres generaciones en Corea del Norte, y que ahora, en 2026, parece preparar a una nueva heredera en un país que oficialmente no se define como monarquía. Al frente del Estado, del Partido de los Trabajadores y del aparato militar, Kim ha consolidado una sucesión familiar que comenzó con la fundación de la República Popular Democrática de Corea en 1948, y lo hace mostrando abiertamente un arsenal nuclear que condiciona la política regional. Su permanencia y la posible transmisión del poder explican la cautela de la comunidad internacional y el perfil estratégico con el que Pyongyang actúa en el tablero asiático.

El líder norcoreano reúne en su persona los cargos clave del sistema: controla el partido único, la cúpula militar y las instituciones formales del Estado, lo que le permite dirigir la vida política sin contrapesos relevantes. Esa concentración de poderes ha sido presentada por el régimen como garantía de estabilidad y continuidad, mientras que para los observadores internacionales representa la cristalización de un modelo autoritario que utiliza la sucesión hereditaria como mecanismo de supervivencia. La etiqueta oficial, la de “líder supremo”, evita términos monárquicos, pero la práctica política se asemeja a una dinastía familiar.

En los últimos años, analistas y servicios de inteligencia han apuntado a la preparación de una posible sucesora: su hija, a quien se ha visibilizado en actos públicos y que algunos expertos identifican como Kim Ju-ae. La introducción de un miembro de la familia en el circuito del poder se interpreta como el inicio de un relevo controlado, diseñado para mantener la línea política y el aparato de lealtades personales que sostienen al régimen. Si llegara a consumarse, sería la primera mujer en asumir la jefatura suprema en la historia del Estado norcoreano.

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La existencia de una sucesión hereditaria de tres generaciones pone a Corea del Norte en una situación singular: aunque no reivindique formalmente un modelo monárquico, la continuidad familiar recuerda a dinastías que han marcado Estados de todo el mundo. Desde su creación en 1948, con la figura fundacional de Kim Il-sung, seguida por Kim Jong-il y ahora por Kim Jong-un, el país ha articulado un relato estatal centrado en la familia gobernante como pilar de legitimidad. Esa continuidad contrasta con otras monarquías actuales, europeas o no, donde la sucesión responde a marcos constitucionales más abiertos y visibles.

La posesión y exhibición de armas nucleares es un factor clave para entender por qué Pyongyang ha obtenido un margen de maniobra. Los ejercicios de poder nuclear, acompañados de pruebas balísticas y demostraciones militares, sirven tanto para disuadir a países vecinos como para fortalecer la posición interna del régimen frente a potenciales disidentes o facciones internas. Corea del Norte, al mostrar su capacidad armamentística, busca crear un equilibrio de amenaza que complica la actuación de potencias como Estados Unidos, Japón o Corea del Sur.

El hermetismo del régimen y su aislamiento internacional dificultan la lectura exterior. Aun así, la comunidad internacional mantiene un interés constante: sanciones, diálogos intermitentes y esfuerzos diplomáticos han intentado sin éxito desactivar el ciclo de amenazas y pruebas. La combinación de secretismo, capacidad militar y una estructura política cerrada explica la reticencia de algunos actores exteriores a intervenciones directas, así como la prevalencia de estrategias de contención y presión económica.

En el plano interno, el aparato propagandístico y la construcción de un culto alrededor de la familia gobernante siguen siendo herramientas esenciales de gobernabilidad. Las imágenes oficiales, los actos conmemorativos y la presencia escalonada de la descendencia en esferas públicas contribuyen a normalizar la idea de continuidad. Para la élite del régimen, la sucesión dinástica es también una manera de asegurar la cohesión de los aparatos de seguridad y de mantener intactas las redes de poder que sostienen el Estado.

La persistencia de este modelo tiene consecuencias regionales y globales: alimenta la incertidumbre estratégica en el noreste asiático y condiciona las políticas de defensa y diplomacia de sus vecinos. La figura del “líder supremo” norcoreano, tanto por su control interno como por su arsenal, seguirá siendo un factor determinante en la estabilidad de la península y en las relaciones con potencias exteriores. Incluso en democracias lejanas, la referencia a ese tipo de liderazgo sirve para reflexionar sobre la naturaleza del poder y sus formas de transmisión; en España, por ejemplo, el uso retórico de jugosas metáforas políticas ha llevado a comparaciones públicas entre estilos de mando muy distintos, como las que en ocasiones suscitan figuras como Pedro Sánchez, aunque el contexto y las instituciones no son comparables.

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Redacción

Xornalista de Galicia Universal.