Casi nueve años después de la redada, la justicia ha puesto punto final a una de las operaciones contra el narcotráfico más singulares que se recordaban en la comarca de Ourense. La Audiencia Nacional ha confirmado la condena de la persona considerada máxima responsable de una célula criminal dedicada al tráfico de estupefacientes que tuvo su base operativa en una nave del polígono de San Cibrao das Viñas. Su defensa, empecinada, no convenció al tribunal.
Una nave camuflada entre talleres y almacenes
Conviene recordar cómo empezó todo. El 9 de octubre de 2017, la Policía Nacional irrumpió en una nave del polígono ourensano y desmanteló lo que, sobre el papel, era una instalación más del tejido industrial que rodea la ciudad. No lo era. El fallo judicial, conocido ahora, sostiene que aquel recinto funcionaba como una célula de una organización criminal mayor, con ramificaciones repartidas por varias provincias españolas: el eje Vitoria-León, Zamora-Valladolid, Burgos-Vizcaya, Barcelona, Asturias y la propia Ourense.
Pocas veces un caso de estas características ha tardado tanto en cerrarse. Y pocas veces también el punto de partida fue tan aparentemente anodino: una conversación telefónica interceptada el 7 de agosto de 2017. En ella, el máximo responsable de la célula ourensana —un vecino de Madrid al que los investigadores identificaron por un mote— dialogaba con otro miembro de la trama, el encargado de las instalaciones eléctricas del operativo. Pactaban un viaje a la provincia para el día siguiente. Incluso se le dio una indicación de lo más concreta: debía desviarse en la salida 224.
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Conoce más →Ahí está la clave de todo. Ese intercambio permitió a los investigadores seguir el rastro hasta la nave de San Cibrao das Viñas. El resto, ya es historia judicial.
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Ante el tribunal, la estrategia defensiva del inculpado fue tan simple como sorprendente. Aseguró que su participación se limitaba a juntar azulejos. Nada de droga, nada de organización, nada de liderazgo. Una versión que, según recoge el fallo, no convenció en absoluto a los magistrados, que dieron por acreditado su papel al frente de la célula ourensana.
No es menor el dato de que la sentencia hable de estructura celular. Este modelo de funcionamiento, con ramas repartidas por todo el territorio y cierta autonomía operativa, complica tradicionalmente las investigaciones: cada célula conoce solo una parte del engranaje. Que una conversación sobre una salida de autovía terminara tirando del hilo hasta Madrid dice mucho del trabajo de seguimiento posterior.
El polígono como escenario elegido
Difícil encontrar un lugar más discreto para estos menesteres que un polígono industrial. San Cibrao das Viñas, concello limítrofe con Ourense capital y uno de los motores económicos del área, concentra decenas de naves donde el ir y venir de furgonetas y camiones no levanta sospecha alguna. Lo cierto es que esa normalidad aparente es justamente lo que buscan las organizaciones criminales cuando instalan sus infraestructuras de producción o almacenamiento. La zona ya era escenario hace años de otros sucesos, y su condición de encrucijada entre la A-52 y las conexiones hacia el interior la convierte en un punto logístico apetecible —también, al parecer, para quien no respeta la ley.
Quien analice el mapa de ramificaciones que dibuja la sentencia encontrará un dato revelador: la célula ourensana era solo una pieza de una red que tejía conexiones entre el País Vasco, Castilla y León, Cataluña, Asturias y Madrid. La provincia no era un destino final, sino un eslabón. Ese matiz importa, porque obliga a mirar el narcotráfico en Galicia interior no como un fenómeno local, sino como la proyección periférica de estructuras mucho mayores.
Nueve años para una respuesta judicial
Nueve años entre la redada y la sentencia. Demasiado tiempo. Es cierto que las causas po
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