Las imágenes de Ceuta, con cientos de menores migrados durmiendo en la calle a las puertas del dispositivo de acogida, volvieron a colocar la frontera sur en el centro del debate español. Ahora bien, mientras la política nacional se enreda en reproches, en Galicia la pregunta es otra: ¿cómo está funcionando aquí, en la nuestra terra, la acogida de los menores que llegan sin referentes familiares?
Qué está pasando en Ceuta
La ciudad autónoma vive semanas de tensión. El recurso de acogida para menores migrados, gestionado por la ciudad de Melilla según el acuerdo de 2022 por el que Madrid asumió esa competencia, se quedó sin plazas y decenas de chavales quedaron fuera, algunos durmiendo en el suelo a la intemperie. El Ministerio de Migraciones y el Gobierno regional se cruzaron acusaciones de descoordinación mientras asociaciones y voluntarios intentaban cubrir el hueco con mantas y comida.
Lo cierto es que el caso de Ceuta no es un episodio aislado. El sistema de protección de menores extranjeros no acompañados —los llamados MENA— está bajo presión en buena parte del Estado. De hecho, la redistribución pactada entre comunidades autónomas sigue encontrando resistencias, y Galicia, como veremos, ocupa un papel peculiar en ese mapa.
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Conoce más →La situación en Galicia: datos y realidad
Galicia acoge en la actualidad a algo más de un millar de menores tutelados por la Xunta, una cifra que, lejos de los bulos que circulan por redes, representa menos del 6 % del total nacional, muy por debajo del peso poblacional de la comunidad, en torno al 7,5 %. La consellería competente gestiona recursos repartidos por las cuatro provincias, con centros de menores y programas de emancipación para quienes cumplen la mayoría de edad.
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Ver planes de email →Ahora bien, la retoranca gallega tiene aquí mucho que decir: durante años, la comunidad fue pionera en acogida familiar, con programas como el de familias colaboradoras de la Xunta, que permiten que menores tutelados vivan en hogares ordinarios. Es un modelo que las propias organizaciones sociales ponen como ejemplo frente a la macroconcentración que ha colapsado en Ceuta y Melilla.
«En Galicia tenemos una red pequeña pero capilarizada, con centros de dimensiones humanas. Lo de Ceuta es justo lo contrario: la masificación rompe cualquier proyecto educativo», explica una técnica de integración social que trabaja en un recurso de acogida de la provincia de A Coruña.
El reto, apuntan desde el tercer sector, no es tanto la capacidad como el acompañamiento. Cuando un tutelado cumple los 18 años, el sistema le suelta con pocas herramientas: permiso de residencia en el aire, empleo precario y, en muchos casos, la tentación de la ruta hacia otros puntos de Europa. Las asociaciones piden más programas de emancipación y agilización de los trámites de documentación, que a menudo tardan más de lo que la ley prevé.
Política y morriña: el debate que no cesa
El caso de Ceuta ha reavivado también en Galicia el debate político. Los partidos de la oposición reclaman en el Parlamento gallego transparencia sobre la distribución territorial de los recursos de acogida, mientras el Gobierno autonómico insiste en que la comunidad cumple los compromisos pactados en la Conferencia Sectorial. Cabe recordar que el reparto aprobado en 2024 contemplaba que Galicia asumiera un número limitado de menores procedentes de Ceuta y Melilla, un traslado que se ha realizado de forma escalonada y sin grandes titulares.
Lo que sí coincide casi todo el arco parlamentario, con matices, es en una idea: el problema no es la llegada, sino la gestión. Un menor tutelado cuesta a las arcas públicas en torno a 4.000 euros mensuales entre plaza, educación y personal, un dato que conviene contextualizar: es aproximadamente el mismo coste que una plaza residencial para una persona mayor dependiente.
Mientras la frontera sur sigue echando humo, en Galicia la acogida sigue su curso discreto, casi con morriña de otros tiempos en los que emigrar era cosa nuestra. Quizá sea esa memoria, la de los que un día cruzaron el charco o Europa buscando futuro, la que mejor explica por qué aquí, entre defecciones y burocracia, todavía hay familias dispuestas a abrir la puerta de casa.
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