La Xunta de Galicia ha decidido prorrogar la alerta roja por altas temperaturas. La medida afecta a un total de 46 municipios de la comunidad autónoma y se mantendrá activa durante la jornada de este lunes. Lo cierto es que la provincia de Ourense, con especial dureza en sus zonas de montaña, se sitúa en el epicentro de este embate climático. Una persistente masa de aire seco y cálido sigue dictando sentencia en el interior gallego, prolongando una ola de calor que ya fatiga a vecinos y ganaderos.
A nadie se le escapa que el clima atlántico está cambiando a pasos agigantados. Basta con mirar el mapa de avisos para comprobar cómo el enrojecimiento de las comarcas del interior refleja una realidad tozuda. La ola de calor que atraviesa la península ha encontrado en los valles y sierras ourensanas el caldo de cultivo perfecto. Las temperaturas extremas han dejado de ser una anécdota pasajera para convertirse en una amenaza recurrente. Demasiado tiempo soportando un clima que parece empeñado en ponernos a prueba.
El enclavamiento geográfico de la emergencia
Quien recorra estos días las carreteras secundarias de la provincia entenderá la dimensión del problema. De los 46 concellos mencionados por fuentes autonómicas, destacan sobremanera los situados en las tierras altas. La administración central ha situado bajo el nivel de riesgo máximo a municipios como O Bolo, Castro Caldelas, A Pobra de Trives, Manzaneda o Montederramo. No son elecciones al azar. Todos ellos comparten una orografía compleja, la misma que ahora actúa como una olla a presión reteniendo el aire incandescente.
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Conoce más →La lista de localidades afectadas dibuja un mapa de la Galicia más abrupta y visceral. Aparecen nombres como A Gudiña, Maceda, Parada de Sil, San Xoán de Río, A Teixeira, A Veiga o Viana do Bolo. También figuran en el parte Carballeda de Valdeorras, Chandrexa de Queixa, Esgos, A Mezquita, Riós, Vilariño de Conso y Xunqueira de Espadanedo. La geografía manda. En estos rincones, las profundas gargantas fluviales y las amplias extensiones forestales magnifican el impacto de la sequedad ambiental.
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Hosting WordPress →Una población vulnerable frente al termómetro
Pocas veces se habla del factor humano cuando saltan las alertas meteorológicas, pero resulta incuestionable. Conviene recordar la estructura demográfica de los municipios de la montaña ourensana. Nos encontramos ante zonas marcadas por un envejecimiento poblacional severo y una dispersión de habitantes muy amplia. Cuando el termómetro se dispara en aldeas aisladas, la situación adquiere tintes de emergencia silenciosa. Muchos de los residentes de estos pueblos habitan viviendas tradicionales de piedra, de complicada refrigeración, y carecen de movilidad propia para desplazarse a núcleos urbanos con zonas más frescas.
No es menor el dato de la autonomía de estos vecinos. La distancia a los servicios de urgencia o la falta de transporte público convierten un simple golpe de calor en un riesgo severo. Las recomendaciones institucionales generales piden evitar la exposición al sol en las horas centrales del día y mantenerse permanentemente hidratado. Medidas lógicas, pero a veces difíciles de cumplir para quien tiene que atender al ganado en un valle de Chandrexa de Queixa o Manzaneda a las cinco de la tarde.
El impacto silencioso en el sector primario y el monte
Quienes se dedican a la labranza y el cuidado del ganado en comarcas del interior no lo están pasando nada bien. El aire seco y caliente va quemando los pastos y resecando los cultivos antes de tiempo. Es un panorama desolador para una economía local que depende directamente de lo que genera la tierra. Basta con ver cómo las reservas de agua, fundamentales para mantener las explotaciones ganaderas, menguan a un ritmo preocupante en la extensa red de ríos y arroyos de la cuenca del Sil.
A la tremenda sequedad de la vegetación, hay que sumar el riesgo constante de incendios forestales. La masa de aire cálido convierte los montes de Par
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