Un año después de los grandes fuegos de Ourense, hay una imagen que resume mejor que ningún discurso lo que significa recuperar el monte: Verónica vuelve a subir con su rebaño a Chandrexa de Queixa, y una familia venida de Extremadura pasta 200 cabras y ovejas en Vilariño de Conso. Mientras Galicia compra aviones y contrata brigadas, unos pocos pastores hacen cada día, con dientes de oveja, lo que ningún dispositivo puede hacer después: impedir que el combustible se acumule.
Lo decimos sin rodeos: el pastoreo extensivo es la política anti-incendios más barata y más ignorada que tiene Galicia. Cada rebaño que ramonea tojo, xesta y helecho está retirando toneladas de combustible fino, exactamente el material que convierte un rayo o una colilla en una columna de humo visible desde el espacio. La ciencia forestal lo lleva décadas documentando: las zonas pastoreadas arden menos, arden más despacio y dan a los extintores un flanco donde trabajar. No es romanticismo rural, es física del fuego.
Sin embargo, el mensaje institucional sigue anclado en la épica del extintivo. Presentamos bombarderos como si fueran la solución y presupuestamos la prevención como si fuera un gasto menor. La paradoja llega al absurdo: Europa paga a los ganaderos por mantener el territorio —los fondos agroambientales existen precisamente para eso—, pero nadie condiciona esas ayudas a una gestión real del monte, ni las administraciones gallegas han sido capaces de articular un programa serio de pastoreo dirigido, con rebaños asignados a zonas concretas de riesgo. Tenemos la herramienta, tenemos quien quiera usarla y tenemos dinero para pagarla. Lo que falta es el enchufe entre las tres cosas.
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Conoce más →El caso de la familia extremeña asentada en Vilariño de Conso merece una reflexión adicional: llegaron de fuera, a un territorio que los gallegos abandonamos a la velocidad del éxodo rural. No es una anécdota, es un diagnóstico. El interior gallego se está repoblar a golpes de iniciativa ajena, porque los nuestros solo ven en el monte un coste y no un oficio. Un pastor puede vivir del monte; un pirómano o un descuidado solo puede quemarlo. La diferencia entre una Galicia viva y una Galicia que arde cada verano se decide en esa ecuación económica, no en el número de aviones anfibios.
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Hosting WordPress →Hace un año, las cenizas cubrieron Valdeorras y las comarcas de O Ríos. Las heridas que ni el dinero borra son también las de un modelo: monte abandonado, lindes sin limpiar, pueblos sin ganado. Las indemnizaciones llegan tarde y no reconstruyen tejido territorial. Los rebaños sí. Cada pareja de pastores que se queda sostiene caminos, mantiene limpias fincas colindantes, avisa de lo que ve y, de paso, produce carne y leche con una calidad que los mercados pagan cada vez mejor.
Lo que pedimos es poco y concreto: un plan gallego de pastoreo preventivo con presupuesto propio, ayudas condicionadas a la gestión efectiva del monte, seguro de responsabilidad resuelto y acceso garantizado a terrenos comunales hoy en desuso. Que la Xunta siente en la misma mesa a ganaderos, forestales y protección civil, y dibuje un mapa de rebaños contra un mapa de riesgo de incendio. El solape entre ambos debería avergonzarnos por lo evidente y por lo desaprovechado.
Verónica ha vuelto a Chandrexa. La pregunta es si Galicia volverá con ella, o si seguiremos pagando aviones para apagar lo que unas cabras habrían comido gratis.
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