Pocas veces una provincia entera se paraliza para después estallar. Ourense lo hizo. La tarde del domingo, las plazas y terrazas de la ciudad y de los municipios de la comarca se convirtieron en un hervidero de camisetas rojas, banderas y gritos contenidos que, al pitido final, se liberaron en una explosión de alegría colectiva. El sufrimiento de los minutos previos se transformó en una celebración que, según quienes lo vivieron, no se recuerda con tanta intensidad desde las grandes citas del deporte español.
Una provincia vestida de gala
Desde primera hora de la mañana, Ourense amaneció teñida de rojo y gualda. Las banderas asomaban en balcones y ventanas, no como un mero adorno, sino como una declaración de intenciones. En las calles del centro, la competencia entre las camisetas blancas y las rojas era feroz, pero ambas con un mismo destino: la pantalla gigante o el televisor del bar de confianza. No era un partido cualquiera. Era una final del Mundial, y la provincia, como el resto del país, se tomó la cita con una devoción que rozaba lo religioso.
Las terrazas, abarrotadas desde media tarde, fueron el termómetro de la tensión. Cada jugada, cada aproximación al área contraria, provocaba oleadas de ruido que subían y bajaban al ritmo del balón. En la Plaza Mayor, el epicentro de las celebraciones en la capital, el ambiente era eléctrico. Familias enteras, grupos de amigos y hasta algún turista despistado se fundieron en una misma masa de afición. La imagen de una joven enarbolando la bandera española, captada por el objetivo de un fotógrafo local, se convirtió en el símbolo de una jornada que quedará en la memoria colectiva.
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Conoce más →Del silencio al rugido
Lo cierto es que el partido no fue un paseo militar. Hubo momentos de incertidumbre, de esos que hacen morderse las uñas a los más veteranos. El silencio que se instaló en algunas zonas durante los compases de mayor presión rival fue roto por un rugido ensordecedor cuando el balón besó la red. Ahí está la clave de la jornada: el tránsito emocional. Del nudo en el estómago a la liberación total. Y Ourense, como un solo ser, lo experimentó en cada rincón de su geografía.
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Hosting WordPress →En los bares de la calle del Paseo, los camareros apenas daban abasto. Las consumiciones se multiplicaban, pero nadie miraba el reloj. El tiempo, ese domingo, lo marcaba el marcador. Las peñas y las asociaciones de vecinos organizaron pantallas en locales sociales, y en las parroquias más pequeñas, el partido se siguió con la misma intensidad que en el centro de la ciudad. La provincia entera estaba entregada a su selección, sin fisuras.
Una celebración que trasciende el deporte
No es menor el dato de que, en tiempos de polarización, el fútbol siga teniendo esa extraña capacidad de unir. En Ourense, la celebración no entiende de colores políticos ni de diferencias sociales. Durante unas horas, la camiseta de la selección fue el único uniforme válido. Las calles se llenaron de coches con banderas, de cláxones y de cánticos que se alargaron hasta bien entrada la madrugada. La noche ourensana fue un hervidero de alegría contenida que, por fin, encontraba su desahogo.
La celebración, sin embargo, no fue un estallido espontáneo. Se venía gestando desde mucho antes. Las redes sociales, los grupos de WhatsApp y el boca a boca habían ido calentando motores durante toda la semana. La final era, para muchos, el evento del verano. Y Ourense respondió. Las previsiones de asistencia a las zonas de concentración se quedaron cortas. Las plazas rebosaban, y quienes llegaron tarde tuvieron que conformarse con ver el partido desde las calles adyacentes, atentos al rugido de la multitud para saber cuándo celebrar.
Demasiado tiempo había pasado desde la última gran alegría futbolística en España. La primera, aquella de la que todos hablan, quedó grabada a fuego en la memoria de los más jóvenes. La de ayer, sin embargo, tiene un sabor especial. Quizá…
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