Cada vez que el Deportivo salta al césped de Riazor, entre bufandas y banderas blanquiazules aparece con frecuencia una enseña que remite a otro país: fondo rojo con media luna y estrella blancas, la de Turquía. Ese gesto, visible sobre todo en los partidos en casa, explica en buena parte por qué a muchos coruñeses se les conoce popularmente como “turcos”: un apodo con décadas de vida que mezcla historia, rivalidad y apropiación simbólica. Aunque para los foráneos la imagen resulta sorprendente, para una parte importante de la afición se ha convertido en una identidad reconocible y festejada.
La presencia de la bandera turca en Riazor y en concentraciones de seguidores no es un fenómeno nuevo, sino una costumbre consolidada que despierta curiosidad y preguntas sobre su origen. Muchos aficionados lo ven simple estética: una enseña llamativa que contrasta con los tonos del club. Para otros, sin embargo, detrás del símbolo hay una narrativa colectiva que se remonta a usos populares del término y a episodios de la historia local que han ido transformándolo en sobrenombre orgulloso.
El origen exacto del apelativo es discutido y está envuelto en leyenda. Cronistas e historiadores locales coinciden en que no existe una única explicación definitiva, sino varias hipótesis que se superponen. Unas vinculaciones lo conectan con oficios y comerciantes que a principios y mediados del siglo XX eran percibidos como forasteros o exóticos; otras lo asocian a apodos personales que se generalizaron por ser socorridos en el habla popular. En cualquier caso, el uso extendido del término a lo largo del siglo pasado fue consolidando la etiqueta.
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Conoce más →Las fuentes históricas y las referencias periodísticas recogen menciones al sobrenombre en la primera mitad del siglo XX, aunque con distinta carga semántica según la época. En algunos momentos fue un mote jocoso o despectivo empleado por rivales, en otros se transformó en símbolo de pertenencia. Ese vaivén entre burla y orgullo es habitual en los apodos urbanos: la comunidad los reinterpreta hasta convertirlos en distintivos que, aplicado al fútbol, adoptan un componente festivo y visual.
El salto del apelativo desde la calle al estadio se produjo de forma gradual y en buena medida por el poder imitador de la afición. Las banderas comenzaron a aparecer en los años en que el fútbol moderno consolidó sus rituales y la iconografía de los grupos ultras y de animación. Con el tiempo, colocar una bandera turca en la grada pasó de ser una excentricidad a un gesto identitario; la imagen, repetida partido tras partido, terminó por naturalizarse entre espectadores y en la imagen del club.
La utilización de símbolos de otra nación para afirmar la propia identidad local no está exenta de tensiones. Para algunos observadores, el uso de la bandera turca por parte de seguidores coruñeses es una apropiación sin mayor intención geopolítica, una forma de jugar con la etiqueta lingüística; para otros plantea interrogantes sobre estereotipos y exotización. En cualquier caso, la inmensa mayoría de quienes exhiben la enseña lo hacen desde el cariño y el folclore futbolístico, sin pretensión diplomática.
En la era de las redes sociales, la imagen del seguidor coruñés con la media luna y la estrella se ha multiplicado y alimenta tanto el orgullo como la sorpresa de los visitantes. Aficionados y cronistas siguen comentando su origen en tertulias, foros y reportajes, donde afloran anécdotas familiares y versiones diversas. Esa polifonía de explicaciones es en sí misma parte de la historia: el apodo perdura porque admite múltiples lecturas y porque funciona como emblema de comunidad.
Hoy, más que una etiqueta cerrada con un solo sentido, llamar “turcos” a los coruñeses es un ejemplo de cómo los apelativos populares se transforman y sobreviven. Tiene raíces en el pasado, presencia en la grada y capacidad para generar debate; y, sobre todo, evidencia cómo la memoria colectiva y la cultura del fútbol se entrelazan para crear símbolos que, aunque extraños a primera vista, acaban por definirse como propios.
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