El Ayuntamiento de A Coruña, encabezado por Inés Rey, anunció ayer la renuncia de la ciudad a actuar como sede de la Copa del Mundo en Riazor debido al elevado coste y las condiciones técnicas que imponía la FIFA. La decisión se tomó después de meses de negociaciones y de que el club inquilino del estadio expresara reticencias sobre una amplia reforma. La exigencia principal —elevar la capacidad a 43.000 localidades frente a los cerca de 33.000 actuales— choca con una asistencia media de alrededor de 20.000 espectadores, según los datos manejados por las partes.
La renuncia, presentada públicamente por la alcaldesa junto al presidente del Deportivo y al titular de la Diputación, se justificó como un acto de responsabilidad municipal ante una inversión que el Consistorio considera desproporcionada para acoger apenas tres encuentros del torneo. La decisión pone fin a un proceso que, tras la elección de A Coruña por la FIFA entre once ciudades candidatas, acumuló esfuerzos por garantizar financiación privada y redactar un proyecto técnico, pero no logró convencer al club ni resolver las dudas sobre su viabilidad a medio y largo plazo.
«bimundialista»
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La palabra que la propia alcaldesa empleó en su discurso de Navidad de 2024 para presumir de la candidatura quedó, en cuestión de meses, sustituida por la constatación de limitaciones económicas y deportivas. Fuentes municipales admiten que el acuerdo firmado con la FIFA imponía compromisos que el Ayuntamiento no está dispuesto a asumir sin garantías claras sobre uso y mantenimiento. El escenario que quedaba sobre la mesa proyectaba asientos que, fuera de los grandes eventos, rara vez se llenarían.
Divergencia entre Ayuntamiento y club
El elemento que terminó por dinamitar el proyecto fue la falta de consonancia entre el Ayuntamiento y el Deportivo, principal usuario del recinto. El club considera que una ampliación a la escala requerida por la FIFA no se ajusta a la demanda real y que el futuro del estadio podría derivar en gradas permanentemente vacías, situación que dañaría la atmósfera y el equilibrio económico del club.
En su explicación pública, la regidora habló de renunciar «por responsabilidad» ante el riesgo financiero y operativo que entrañaba el compromiso con la FIFA. El mensaje fue transmitido con la presencia de los responsables institucionales implicados, pero no incluyó un calendario concreto de alternativas ni detalles sobre posibles compensaciones o penalizaciones derivadas del incumplimiento del acuerdo con la organización internacional.
«por responsabilidad»
Los interrogantes prácticos aparecen en varios frentes: quién asumirá el coste de las obras, quién se hará cargo del mantenimiento de las localidades extra y cómo se gestionaría un estadio sobredimensionado para la demanda habitual. La hipótesis de asumir butacas que solo se utilizarían en citas muy puntuales era una de las principales objeciones del Deportivo, que ha defendido una adaptación coherente con sus necesidades deportivas y económicas.
El Ayuntamiento, por su parte, ha reconocido que el proyecto técnico está redactado, pero no se atrevió a licitar las obras sin un consenso claro ni garantías de financiación suficientes. Esa parálisis, unida al recelo del club, dejó el plan Riazor 2030 en un callejón sin salida y provocó la decisión anunciada ayer, que algunos sectores ven como una pérdida de oportunidad mientras otros la consideran una gestión prudente.
Consecuencias y próximas etapas
La renuncia supone un traspié institucional para una ciudad que había apostado por situarse de nuevo en la élite de grandes eventos deportivos. Para la afición y la administración local, la pérdida del estatus como sede mundialista es, además de un golpe de imagen, una frustración ante la inversión de esfuerzos y expectativas generada durante la candidatura.
En los próximos días se espera que el Ayuntamiento detalle pasos concretos: posibles modificaciones del proyecto de reforma del estadio, alternativas para mejorar las instalaciones sin sobredimensionarlas y un plan de diálogo con el Deportivo y la Diputación para buscar soluciones compartidas. Fuentes municipales aseguran que no se renuncia a modernizar Riazor, pero sí a hacerlo bajo parámetros que no sean sostenibles.
«por tres partidos»
La ciudadanía, por su parte, reclama explicaciones claras y transparencia sobre los costes reales y los compromisos contraídos con la FIFA. El debate abierto ahora se centra en encontrar un equilibrio entre ambición y prudencia, y en definir un modelo para Riazor que garantice uso, viabilidad y respeto por la identidad deportiva de la ciudad.
El desenlace deja en suspenso el proyecto Riazor 2030 y obliga a los actores implicados a replantear objetivos. La experiencia muestra que las grandes citas internacionales exigen no solo voluntad, sino también acuerdos sólidos entre administraciones y clubes; sin ellos, incluso aspiraciones celebradas hace unos meses pueden quedar en promesa incumplida.
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