El petróleo lleva semanas en caída libre y, aunque a simple vista parece una buena noticia para el bolsillo de los conductores, la realidad para Galicia es mucho más compleja. Porque aquí, en la costa atlántica, el crudo no solo se consume: se transforma y se mueve. Y de ese movimiento dependen miles de empleos directos e indirectos.
Lo que ocurre en los mercados globales
A nivel mundial, el precio del barril de Brent ha caído más de un 15 % en las últimas semanas, rozando los 70 dólares, una cifra que no se veía desde finales de 2021. La razón principal es una tormenta perfecta: la desaceleración económica en China y el aumento de la producción por parte de la OPEP+, que ha decidido inundar el mercado de crudo para ganar cuota de mercado. A esto se suma la incertidumbre sobre los aranceles comerciales de Estados Unidos, que frena la demanda industrial. Lo cierto es que la volatilidad se ha instalado y nadie sabe cuánto durará este desplome.
El pulso de la refinería de A Coruña
Galicia no es ajena a este terremoto. La refinería de Repsol en A Coruña, una de las más antiguas de España y con una capacidad de procesamiento de unos 120.000 barriles diarios, siente cada sacudida del mercado. Cuando el crudo baja, los márgenes de refino se estrechan, y eso afecta directamente a la cuenta de resultados. De hecho, fuentes del sector estiman que un descenso sostenido por debajo de los 70 dólares pone en riesgo la rentabilidad de las plantas menos eficientes. Y esta, pese a las inversiones realizadas, arrastra décadas de estructura.
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Conoce más →Pero el problema no es solo de márgenes. La refinería coruñesa da empleo a más de 1.500 trabajadores directos y a otros 4.000 indirectos en la comarca. Una caída prolongada podría traducirse en paradas técnicas, reducción de turnos o, en el peor escenario, ajustes de plantilla. Cabe recordar que ya en 2020, durante el desplome pandémico, la planta llegó a operar al 60 % de su capacidad. Ahora, con la economía global titubeando, el fantasma vuelve a planear.
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Hosting WordPress →Puertos en la diana: A Coruña y Ferrol
El golpe llega también por mar. El puerto de A Coruña maneja cerca de 3 millones de toneladas de crudo al año, la mayoría destinado a la refinería. A eso se suma el tráfico de productos petrolíferos en Ferrol, que mueve hidrocarburos para el norte de la península. Cuando los precios caen, los cargamentos se encarecen en coste logístico y los operadores retrasan compras. Eso reduce el movimiento en los muelles y, con él, los ingresos por tasas portuarias. Un 25 % de la actividad del puerto coruñés depende directamente de hidrocarburos. Si ese flujo se contrae, el impacto en la economía local es inmediato.
“Estamos ante un escenario de incertidumbre global que afecta a un sector estratégico para Galicia. La dependencia del crudo no es solo energética, sino laboral y logística”, explica un portavoz de la Autoridad Portuaria de A Coruña, que prefiere mantener el anonimato para no alarmar.
Y no olvidemos el transporte marítimo asociado. Los buques tanque que atracan en Punta Langosteira requieren servicios de practicaje, remolcadores y estiba. Una caída del tráfico de crudo podría dejar a más de un centenar de trabajadores portuarios con menos horas de faena, en un contexto donde la estiba ya pelea por mantener condiciones.
¿Hay algo positivo en todo esto?
Ahora bien, toda crisis tiene su lectura en clave de retranca gallega. La bajada del petróleo abarata el combustible para el transporte, la pesca y la industria. Un camionero de Arteixo o un armador de Burela notarán el alivio en el gasóleo. Pero ese alivio es temporal y no compensa el riesgo industrial. Galicia no puede vivir solo de la gasolina barata cuando su tejido productivo depende de la transformación del crudo. La morriña que muchos sienten por los viejos tiempos de la refinería a pleno rendimiento se mezcla ahora con la incertidumbre de un futuro que, esta vez, no pinta de negro ni de verde: pinta de gris petróleo.
Lo cierto es que la economía gallega necesita diversificar. Mientras el barril siga bailando al son de las decisiones de Riad y Pekín, A Coruña y Ferrol seguirán atadas a un vaivén que no controlan. Y con ellas, miles de familias.
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