La bombona de butano ha vuelto a encarecerse. Un 5% más desde el pasado martes, lo que sitúa su precio oficial en 16,42 euros, una cifra que, aunque pueda parecer menor para quien vive en una ciudad con calefacción de gas natural, en las aldeas gallegas supone un golpe directo al bolsillo de miles de familias. Lo cierto es que en esta tierra, donde la morriña se mezcla con la resistencia del rural, el butano no es una opción: es una necesidad.
Un combustible anclado al siglo pasado, pero imprescindible
Mientras en las urbes como A Coruña, Vigo o Santiago el gas natural llega a casi todos los hogares, en las parroquias de Ourense, Lugo o el interior de Pontevedra la realidad es muy distinta. Según datos del Instituto Enerxético de Galicia, más del 35% de los hogares en municipios de menos de 5.000 habitantes dependen exclusivamente de la bombona de butano para cocinar y, sobre todo, para calentarse. Eso son decenas de miles de viviendas, muchas de ellas habitadas por personas mayores, que no tienen acceso a la red de gas y para las que instalar una caldera de biomasa o una bomba de calor supone un desembolso imposible.
La subida actual, la segunda en lo que va de año, deja la bombona un 12% más cara que hace dos ejercicios. Y no parece que la tendencia vaya a revertirse. La razón oficial es el encarecimiento de las materias primas en los mercados internacionales, pero en las comarcas de Deza o A Ulloa, donde el frío aprieta de verdad, lo que se siente es el desamparo. «No tenemos alternativa», comenta con retranca amarga un vecino de una aldea de Friol, «o pagas o te quedas a oscuras y en frío».
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Conoce más →El repartidor, el otro eslabón de la cadena
Pero hay un segundo damnificado en esta historia que pocas veces sale en las portadas de los periódicos nacionales: el repartidor gallego. En Galicia, la logística de la bombona de butano es un desafío titánico. Las carreteras estrechas, las aldeas dispersas y la orografía complicada hacen que cada entrega sea una pequeña odisea. Los transportistas trabajan con márgenes cada vez más ajustados, ya que el precio regulado de la bombona apenas deja espacio para cubrir los costes reales del transporte en el rural.
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Hosting WordPress →Una fuente del sector del transporte de mercancías peligrosas en Galicia, que prefiere mantener el anonimato, lo explica así: «Llevar una bombona a una aldea de Os Ancares puede costar lo mismo en gasoil y tiempo que repartir diez en un polígono industrial de Bergondo. Pero el margen es el mismo. Esto no es sostenible». El resultado es que algunas zonas ya empiezan a sufrir retrasos en las entregas, especialmente en los meses de más frío, cuando la demanda se dispara y los repartidores no dan abasto.
«Llevar una bombona a una aldea de Os Ancares puede costar lo mismo en gasoil y tiempo que repartir diez en un polígono industrial. El margen es el mismo. Esto no es sostenible». — Portavoz de una asociación de transportistas de Galicia.
Un problema estructural que exige otra política energética
La subida del butano no es un problema nuevo, pero cada incremento ahonda en la brecha entre el rural y las ciudades gallegas. Mientras que una familia en la periferia de Vigo puede amortiguar el golpe diversificando sus fuentes de energía, en una aldea de A Fonsagrada la bombona es la única tabla de salvación. Y el problema no es solo el precio, sino la dependencia. Galicia es una de las comunidades con mayor tasa de hogares sin acceso a gas natural, solo superada por algunas regiones insulares y de montaña.
La Xunta lleva años promoviendo programas de eficiencia energética y ayudas para la instalación de calderas de biomasa o aerotermia, pero la realidad es que la burocracia y el coste inicial siguen siendo barreras infranqueables para muchas economías domésticas del rural. Mientras tanto, el butano sigue siendo el rey en las cocinas y las salas de estar de millares de gallegos. Una realidad que, con cada subida, se vuelve más pesada de llevar. Y que, como tantas otras cosas en la Galicia interior, parece no tener una solución fácil a la vista.
TITULO: La subida del butano golpea a las aldeas gallegas: miles de hogares dependen de la bombona en el rural
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