El oriente ourensano conoció la cara más brutal del agua el pasado 17 de junio, cuando una tormenta de una violencia inusual descargó sobre Viana do Bolo al filo de las ocho de la tarde y convirtió cauces tranquilos en ríos de piedra, lodo y troncos. Diez jornadas después, los vecinos de aldeas como A Bouza siguen sin saber cuándo podrán retomar una vida que el agua se llevó por delante en cuestión de minutos. La herida, ancha y visible, no ha empezado a cerrarse.
Una tormenta que llegó sin aviso suficiente
Pocas veces un temporal concentra tanta furia en tan poco tiempo. La tormenta cae sobre la comarca de Viana con una intensidad que desborda cualquier prevención. El agua baja cargada de piedra, materia vegetal y troncos desde las laderas, encuentra los cauces locales incapaces de absorber semejante volumen y los rebasa sin contemplaciones. La línea que separa una lluvia fuerte de una catástrofe es finísima en zonas de relieve accidentado como esta. Ahí está la clave.
A nadie se le escapa que el sureste de Ourense es un territorio particularmente vulnerable a fenómenos de este tipo. La orografía hace que el agua de lluvia se concentre velozmente en los cauces bajos, arrastrando todo lo que encuentra a su paso. Las aldeas situadas en el fondo de los valles —y A Bouza es un ejemplo— absorben el golpe de lleno. Conviene recordar que estas son zonas de montaña, con caminos estrechos, puentes pequeños y infraestructuras dimensionadas para tiempos que ya no son los actuales. Demasiado tiempo.
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Conoce más →Lo cierto es que los vecinos de A Bouza llevan días pidiendo ayuda para recuperar algo parecido a la normalidad. Sus voces reflejan una mezcla de agotamiento y perplejidad. No es para menos. Cuando el agua se retira, lo que deja atrás no es solo barro: son sueños rotos, aperos inservibles, carreteras cortadas y un silencio espeso que se instala en los pueblos. La cifra de daños todavía no se puede calcular con precisión, pero la magnitud del desastre se intuye viendo las imágenes de escombros amontonados junto a las casas.
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Buscar dominio →La soledad de los pueblos pequeños ante el desastre
Nadie debería tener que mendigar asistencia diez días después de una riada. Sin embargo, ese es exactamente el panorama que dibujan los vecinos. La administración tarda en llegar, los plazos se dilatan y la gente del pueblo se queda sola frente al lodo, barriendo, excavando, tirando de palas cuando hace falta. En los núcleos rurales de Ourense, con una densidad de población bajísima, la respuesta institucional suele medirse en semanas, no en horas. No parece casualidad.
Basta con mirar un mapa para entender el aislamiento estructural que sufre esta parte de Galicia. Viana do Bolo está lejos de todo: de Ourense capital, de los grandes ejes de comunicación, de los focos mediáticos que activan la maquinaria asistencial. Cuando una riada golpea una ciudad, la respuesta es inmediata. Cuando golpea una aldea del oriente ourensano, la maquinaria tarda en ponerse en marcha. Esa diferencia lo dice todo.
Los vecinos de A Bouza esperan que alguien les diga cuándo podrán volver a sus casas, cuándo se restablecerán los servicios básicos, cuándo los caminos volverán a ser transitables. Nadie les da respuestas concretas. Mientras tanto, intentan reconstruir lo reconstruible con sus propios medios. La dignidad con la que estas personas están afrontando la catástrofe no debería hacernos olvidar que están solas frente a un problema que las supera.
El lento goteo de la burocracia
No es menor el dato de que, transcurridos diez días, todavía no exista un calendario claro de recuperación. Las poblaciones afectadas necesitan certezas: fechas, compromisos, recursos. En su lugar, encuentran silencio administrativo o promesas vagas que no se traducen en palas, maquinaria ni brigadas trabajando sobre el terreno. La sensación es que el tiempo de la administración y el tiempo de quienes lo han perdido todo no corren
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