Catorce días. Eso es lo que llevan esperando los vecinos de A Bouza, una pequeña aldea del concello ourensán de Viana do Bolo, para que alguien les ayude a sacar los escombros que la riada dejó dentro de sus propias casas. Mientras tanto, los niños del pueblo miran la calle intransitable y lanzan la pregunta que ningún padre debería tener que contestar: cuándo van a poder volver a salir a jugar como antes. La respuesta, a día de hoy, sigue siendo silencio.
Nadie parece tener prisa. Y eso que la situación es de una crudeza difícil de imaginar si no se pisa el terreno. Las partes bajas de las viviendas quedaron sepultadas bajo toneladas de lodo, piedras y restos arrastrados por el agua. Los accesos al pueblo estuvieron cortados durante días. La sensación generalizada entre quienes allí residen es de un olvido absoluto, como si el desastre hubiera ocurrido en otro país y no a poco más de una hora de Ourense capital.
Una aldea enterrada bajo el barro
Difícil entender la magnitud del desastre sin verlo. A Bouza no es un núcleo urbano con servicios a la vuelta de la esquina; es una aldea de montaña, de las que salpican los valles del este de la provincia, donde la orografía castiga con dureza cuando el agua se desborda. Las riadas de finales de junio convirtieron calles y caminos en auténticos ríos de piedras. Las plantas bajas de las casas siguen inutilizadas. El barro se ha solidificado en algunas estancias y el olor a humedad y a estancamiento es, según relatan los propios vecinos, casi insoportable.
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Ver en Hotels.com → PublicidadConviene recordar que hablamos de una zona de difícil acceso, donde la maquinaria pesada no llega fácilmente y donde cada hora que pasa sin intervención agrava el daño. Las paredes absorben humedad. Los suelos de madera empiezan a ceder. Las instalaciones eléctricas quedaron inservibles. Quien haya vivido una inundación en una vivienda rural sabe que la ventana de tiempo para salvar lo que queda debajo del agua es muy estrecha. En A Bouza, esa ventana se cerró hace días.
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Pocas veces una imagen sintetiza tanto una tragedia. En una fotografía que ha dado la vuelta a los medios comarcales, se ve a una menor jugando con las piedras acumuladas en lo que antes era la calle del pueblo. No hay parque. No hay acera. No hay espacio seguro. Solo cascotes, barro seco y la estela de lo que el agua arrastró consigo. Los más pequeños de A Bouza llevan semanas sin poder hacer lo que cualquier niño hace en una aldea gallega en verano: salir a la calle, correr, jugar con los vecinos.
No es menor el dato. La infancia en el medio rural ya de por sí lidia con el despoblamiento, la falta de servicios y el envejecimiento. Que encima se les quite el espacio público, que se les confine dentro de casas medio derruidas por una riada, debería haber encendido todas las alarmas. Y, sin embargo, durante más de diez días, la maquinaria institucional no llegó. Ni camiones. Ni brigadas. Ni ayuda coordinada. Solo llamadas que se perdían en despachos.
La respuesta que tardó demasiado
Lo cierto es que la protesta vecinal ha sido constante. Llamadas, denuncias, presencia en medios de comunicación. Nada parecía acelerar los tiempos administrativos. Hasta que finalmente, pasado el duodécimo día, arrancaron los trabajos de desescombro en las aldeas de Viana do Bolo afectadas por las riadas. Doce días de espera con los pies en el barro. Doce noches durmiendo sobre lo que el agua dejó atrás.
A nadie se le escapa que las administraciones tienen protocolos, que los recursos son limitados y que la zona sufrió daños en múltiples puntos. Pero también basta con mirar el calendario para darse cuenta de que dos semanas en una aldea sepultada por el lodo son demasiadas. Sobre todo cuando los afectados no piden obras faraónicas: piden que se les quite el escombro de encima. Que se les devuelva un mínimo de dignidad habitable. Que sus hijos puedan pisar l
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