Mientras el tablero político nacional se consume en debates incendiarios sobre la identidad, la memoria histórica o la unidad de España, el Partido Popular de Galicia parece estar navegando en una frecuencia completamente distinta. La distancia entre la crispación de las tertulias madrileñas y la calma institucional de la Xunta no es casual: responde a una estrategia deliberada que hunde sus raíces en la propia idiosincrasia gallega y en la tradición política de un partido que ha hecho del pragmatismo su principal seña de identidad.
Para Alfonso Rueda, el reto de consolidarse como presidente de la Xunta no pasa por el enfrentamiento dialéctico con el Gobierno central, sino por la capacidad de ofrecer resultados tangibles en una comunidad con desafíos muy específicos. Donde otros líderes autonómicos ven una oportunidad para ganar titulares aglutinando al electorado conservador en torno a banderas identitarias, el mandatario gallego prefiere centrar sus esfuerzos en los asuntos que realmente preocupan a una ciudadanía marcada por el reto demográfico, la dispersión territorial y una economía profundamente vinculada al sector primario y los servicios.
La distancia con Madrid no es táctica, es estructural
La explicación a esta divergencia no se encuentra únicamente en la personalidad de Rueda, sino en la propia conformación sociológica de Galicia. Con un electorado mayoritariamente envejecido, una alta dispersión de la población y una escasa presencia de grandes núcleos urbanos que funcionen como caldo de cultivo de la polarización, las consignas de la guerra cultural calan con mucha menos fuerza que en otras regiones. El peso del rural es determinante: la política gallega se cuece en las comarcas, en el trato directo con alcaldes y sectores productivos. Un lenguaje político demasiado abstracto o ideologizado resulta ininteligible para un votante que demanda soluciones al saneamiento, al transporte escolar o a los precios de la energía para su explotación agrícola.
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Conoce más →Prueba de ello es la práctica desaparición de la extrema derecha del mapa político gallego. Mientras que en el resto de España Vox condiciona las estrategias de la derecha, en Galicia el partido de Santiago Abascal ha sido incapaz de obtener representación en el Parlamento autonómico. Este vacío permite al PPdeG jugar en solitario por el centro, sin necesidad de extremar su discurso para evitar fugas de votos por su flanco derecho. El votante gallego, históricamente proclive a la abstención y al voto dual, premia la cautela institucional y castiga la confrontación estéril.
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Ver planes de email →De la ‘vía gallega’ al ‘modelo Rueda’: una tradición que perdura
Rueda no inventa nada. Es el heredero de una tradición que comenzó con Manuel Fraga, continuó con Alberto Núñez Feijóo y que él mismo ha refinado en un contexto de máxima tensión nacional. Fraga, en su última etapa, abrazó un discurso de autogobierno pragmático. Feijóo acuñó la exitosa ‘vía gallega’, un modelo que priorizaba el pacto con los agentes sociales, la reivindicación de la financiación autonómica y un discurso identitario gallego alejado del centralismo de su propio partido. La sombra de Feijóo es alargada, pero Rueda no solo ha mantenido el manual de estilo, sino que lo ha profundizado: donde su predecesor tuvo que lidiar con un Gobierno de Zapatero en sus inicios, Rueda se enfrenta a una legislatura marcada por la inestabilidad y el ruido permanente.
En lugar de enzarzarse en polémicas sobre la ley trans, el aborto o la memoria histórica, los titulares que genera la Xunta suelen estar vinculados a la política industrial, a la defensa del sector lácteo, a la mejora de las infraestructuras sanitarias o a la gestión del agua. El contraste con la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, es evidente y buscado. Ayuso representa el ala más combativa del PP, la que ha hecho de la batalla cultural su razón de ser política. Rueda representa el ala pragmática.
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