Conducir de noche por la N-540 o la N-120 en Galicia es hoy un acto de fe. Las líneas del asfalto han desaparecido en decenas de tramos, borradas por el desgaste, las lluvias y el calor de un verano extremo. La señalización horizontal —esa pintura que separa carriles, marca bordes y guía al conductor cuando la oscuridad lo confunde— brilla por su ausencia. Y mientras discutimos sobre radares y sanciones, olvidamos lo más básico: una carretera sin líneas es una carretera que no informa, y una carretera que no informa mata.
El problema no es nuevo ni desconocido para nadie que recorra el interior gallego. Las carreteras nacionales que cruzan Lugo y Ourense acumulan tramos donde la pintura horizontal se ha desvanecido hasta volverse invisible, especialmente bajo la lluvia —precisamente cuando más falta hace—. Los conductores que las usan a diario conocen cada curva de memoria y compensan con prudencia. Pero en agosto, con miles de visitantes que no conocen el trazado, esa ausencia se convierte en trampa. Un turista que llega de Madrid a Ourense por la N-120 de noche y bajo la lluvia no ve los bordes de la calzada, no distingue el carril contrario y no intuye la curva que viene. Eso no es un detalle: es un accidente esperando lugar y fecha.
La responsabilidad está claramente asignada: el Ministerio de Transportes, a través de Adif y de la Demarcación de Carreteras del Estado, tiene a su cargo la conservación de las carreteras nacionales en Galicia. La señalización horizontal forma parte del mantenimiento ordinario, no de una obra extraordinaria. Repintar líneas es de las intervenciones más baratas que existen en infraestructura viaria: cuesta menos por kilómetro que un firme nuevo, menos que una barrera metálica, incomparablemente menos que un paso elevado. Y sin embargo, los plazos de reposición se alargan, los contratos de conservación se renuegan con retraso y los tramos afectados se acumulan temporada tras temporada.
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Conoce más →Hay un argumento que conviene desmontar: que el desgaste de la pintura es estacional y que conviene esperar a la primavera para repintar, porque el invierno la borra. Es verdad parcial convertida en excusa. La pintura de alta duración existe, las resinas epoxi aplicadas sobre asfalto seco aguantan inviernos completos, y los países del norte de Europa mantienen sus líneas visibles todo el año. Lo que falta no es tecnología: es programación y presupuesto ejecutados a tiempo.
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Ver servidores VPS →La paradoja es cruel: mientras instalamos radares que multan por exceso de velocidad, dejamos sin pintar las líneas que permiten circular a la velocidad legal con seguridad. Una cosa es exigir cumplimiento y otra muy distinta es dar las condiciones para que sea posible. El conductor queReduce velocidad porque no ve el borde de la calzada arriesga alcance por el que viene detrás; el que la mantiene vuela a ciegas. Ninguna de las dos opciones es aceptable en una infraestructura pública del siglo XXI.
La demanda es simple y barata: un plan de reposición de señalización horizontal en las N-540 y N-120 antes de que termine septiembre, con prioridad en los tramos de mayor siniestralidad y de mayor tráfico estival. Y un compromiso de mantenimiento con calendario público, para que la invisibilidad del asfalto deje de ser una sorpresa anual. Si una carretera cobra peaje de incertidumbre, lo mínimo es que devuelva visibilidad.
Las líneas en el suelo no son decoración: son el lenguaje más básico entre la carretera y quien la usa. Cuando ese lenguaje se borra, lo que se pierde no es pintura: es la posibilidad de llegar a casa.
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