Tres homicidios cometidos dentro de un penal a finales del siglo XIX bastaron para estremecer a Allariz y para que un criminal ourensano terminara pagando sus cadenas perpetuas a miles de kilómetros de su tierra. El escenario final: la prisión de Ceuta, el destino reservado a los reclusos más peligrosos de la época y el lugar donde el Gobierno de la Regencia quiso convertir los territorios españoles de África en un alejado gran correccional.
Un crimen dentro de la cárcel
Lo inusual del caso no está solo en la cifra de víctimas, sino en el escenario. Los tres homicidios se cometieron en la propia cárcel local de Allariz, lo que convirtió un espacio pensado para contener la delincuencia en el lugar de una masacre. Para una villa de la comarca de Allariz, acostumbrada a una vida tranquila junto al Arnoia, el impacto debió de ser considerable. La noticia recoge que el suceso «estremeceu ó pobo» a finales del ochocientos.
Quien los cometió fue condenado a todas las penas perpetuas que la legislación permitía entonces acumular. Y con ellas llegó el destino que las autoridades reservaban para los casos extremos: el traslado a Ceuta.
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Conoce más →Ceuta como gran correccional
No es un dato menor el de la prisión ceutí. En aquellos años, el Gobierno de la Regencia contemplaba los territorios españoles del norte de África como un lugar idóneo para alejar a los criminales más peligrosos de la península. Un gran correccional al otro lado del estrecho, con la distancia como instrumento adicional de castigo. El asesino de Allariz acabó cumpliendo allí la totalidad de sus condenas perpetuas, lejos de Galicia y de cualquier posibilidad de volver a su tierra.
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Buscar dominio →La figura del presidio africano es un capítulo conocido de la historia penitenciaria española, pero este caso ilustra concretamente cómo funcionaba: un delincuente de una villa ourensana podía ver cómo su castigo se medía no solo en años, sino en kilómetros.
Del penal a la Casa da Cultura
Del escenario de los hechos queda hoy muy poco, o mejor dicho, algo muy distinto. La vieja cárcel de Allariz, donde acontecieron los homicidios, funciona desde hace años como la Casa da Cultura de la localidad. Quien hoy acude a una conferencia o a un acto cultural en el edificio lo hace, probablemente, sin saber que aquellas paredes albergaron una de las páginas más oscuras de la historia penal de la comarca. Los edificios cambian de uso; la memoria, en cambio, necesita quien la recupere.
La prudencia, señala el autor de la crónica original, le llevó a no identificar el lugar de residencia del protagonista de esta historia, por respeto a los posibles descendientes que aún conserven algún recuerdo o vínculo con aquel episodio. Es una decisión comprensible. Los delitos del siglo XIX dejaron apellidos y estirpes, y el paso del tiempo no siempre borra la sombra que cae sobre un linaje.
La actualidad que trae el pasado
¿Por qué rescatar ahora una historia de hace más de un siglo? El propio punto de partida de la crónica lo explica: la permanente actualidad y el estado de preconflicto en el que vive Ceuta. La ciudad autónoma vuelve una y otra vez a los titulares, y esa reincidencia noticiosa invita a mirar hacia atrás, hacia su historia como frontera, como plaza militar y como espacio de confinamiento. La prisión que acogió al asesino de Allariz es parte de esa memoria compartida entre Galicia y el norte de África, un hilo incómodo pero real que une ambos territorios.
A nadie se le escapa que las historias penales de hace ciento veinte años dicen tanto de la época que las produjo como de los propios delincuentes. La idea de resolver el problema de la criminalidad peligrosa alejándola físicamente, depositándola en un territorio lejano y convertido en correccional, responde a una concepción del castigo que hoy resulta cuando menos discutible. Pero en su momento fue política de Estado.
Allariz conserva el edifi
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