Penas do Caldeiro, en la parroquia lucense de Adai, está siendo redefinida por la arqueología: un equipo de la Universidad de Santiago trabaja desde principios de mes en tres puntos del enclave para datarlos, y la responsable de la investigación ya habla abiertamente de un paisaje sagrado usado para ceremonias durante casi cinco mil años, desde el IV milenio antes de Cristo hasta el siglo III antes de nuestra era.
De la prudencia a la certeza
Conviene recordar el recorrido. En la primavera pasada, la profesora de Arqueología de la USC que dirige los trabajos se mostraba cauta al valorar la función ceremonial del Corro dos Mouros, un recinto circular de 52 metros de diámetro situado en Penas do Caldeiro. Evitaba entonces cualquier conclusión categórica. Los datos recogidos desde 2023 le han dado motivos para ir más lejos: la campaña actual, que se prolongará hasta el próximo viernes, permite ya definir la zona como un espacio ritual para distintas ceremonias.
No es poca cosa. La hipótesis de trabajo sitúa la actividad ceremonial en un arco temporal excepcional: al menos siete mámoas levantadas en el IV milenio antes de Cristo, después el Corro dos Mouros, construido ya en el Bronce Final y, probablemente, grabados realizados en rocas próximas. Milenios de uso continuado del mismo lugar. La cifra habla por sí sola.
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Conoce más →Cinco mil piezas y catorce dataciones
El trabajo previo, ejecutado entre 2023 y 2025, no fue menor. Se extrajeron unas 5.000 piezas y cerca de 330 muestras, de las que salieron 14 dataciones. Ese volumen es el que sostiene ahora la lectura del conjunto: el Corro dos Mouros fue utilizado durante aproximadamente un milenio, entre los siglos XIII y III antes de Cristo, y se relaciona con el Altar de Adai y el castro de Penarrubia para configurar esa zona ritual que la investigación dibuja por primera vez.
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Ver planes de hosting →A nadie se le escapa que la clave está en la superposición de fases. Pocos yacimientos gallegos ofrecen una secuencia tan completa de la evolución de un espacio ceremonial, desde las estructuras funerarias megalíticas hasta las manifestaciones de la Edad del Bronce Final y los grabados rupestres. Ahí está la singularidad del enclave: no un monumento aislado, sino un paisaje entero cargado de significado a las puertas de la ciudad de Lugo.
Una campaña contra el reloj
La excavación en marcha se concentra en tres puntos del conjunto y tiene un objetivo concreto: datarlos. El plazo es ajustado, apenas las primeras semanas de mes hasta el viernes, y los resultados permitirán afinar —o corregir— la cronología que hoy maneja el equipo. La ciencia arqueológica avanza despacio, y por eso cada datación cuenta.
Lo cierto es que la investigación confirma algo que la toponimia y la tradición insinuaban desde hacía tiempo: los nombres del lugar, con su Corro dos Mouros y sus Penas, guardaban memoria de un territorio singular. La arqueología solo ha puesto fechas y método sobre lo que el paisaje llevaba siglos sugiriendo.
Falta por ver qué arrojan las nuevas campañas y si la administración acompaña con los recursos necesarios la puesta en valor de un conjunto que, de confirmarse todas las hipótesis, difícilmente tendrá parangón en Galicia. Un paisaje sagrado de cinco milenios a diez minutos de una capital de provincia: la pregunta no es si merece protección, sino cuánto tardará en tenerla.
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