La ciudad más grande de Galicia miraba este martes a sus embalses con creciente inquietud. Y con motivo. Las reservas de Eiras y Zamáns, los dos pantanos que sustentan el abastecimiento de Vigo y de buena parte de su entorno metropolitano, se encuentran hoy por debajo de los niveles registrados en 2017, el año que quedó grabado a fuego en la memoria colectiva por la sequía extrema y la oleada de incendios que arrasó los montes de la comarca. Ante ese escenario, el gobierno local ha activado la prealerta y ha prohibido con carácter inmediato los baldeos en calles y el llenado de piscinas, mientras reclama a los municipios vecinos que adopten medidas similares.
El fantasma de 2017 regresa a la ciudad olívica
Pocas veces un solo año marca tanto el carácter de una ciudad como 2017 lo hizo en Vigo. La falta de lluvias se prolongó durante meses, los pantanos se vaciaron a un ritmo alarmante y los incendios forestales completaron un escenario de emergencia que muchos creían que no se repetiría. Pues bien, los datos disponibles ahora son peores. A estas alturas del calendario estival, los embalses guardan menos agua que en aquella temporada crítica, lo que obliga a tomar decisiones antes de que el reloj hídrico se agote del todo.
Conviene recordar que la situación tampoco era halagüeña el año pasado. De hecho, las reservas cayeron por debajo del cincuenta por ciento en octubre, un dato que entonces encendió todas las alarmas y que ahora se antoja casi deseable comparado con lo que marca el parte diario de los pantanos. La diferencia estriba en que el descenso se ha adelantado. Demasiado tiempo sin lluvias significativas y un verano que aprieta sin tregua han minado las reservas a un ritmo que ningún técnico deseaba ver.
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Ver en Hotels.com → PublicidadDifícil mirar al futuro inmediato sin cierta tensión. El responsable municipal fue taxativo este martes al comparecer ante los medios: apurando las reservas al límite, el agua almacenada alcanzaría para aproximadamente cinco meses. La frase cayó como un jarro de agua fría —nunca mejor dicho— en plena canícula. Cinco meses llevan a la ciudad hasta finales de año, justo la entrada del periodo de lluvias que tradicionalmente recarga los embalses gallegos. Pero la meteorología, como sabe cualquier ganadero de la comarca del Morrazo o cualquier agricultor del Val Miñor, no responde a calendarios.
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Las medidas anunciadas no son meramente simbólicas. Afectan de lleno a hábitos ciudadanos profundamente arraigados en los meses de calor. Nada de mangueras en aceras y fachadas para mitigar la temperatura ambiente. Nada de llenar piscinas, ni las municipales ni las privadas, mientras dure la prealerta. Es un golpe directo al disfrute estival de miles de familias viguesas que ven cómo se les cierra una vía de ocio básica precisamente cuando más se necesita.
A nadie se le escapa que estas restricciones tienen un coste político. Prohibir el llenado de piscinas en julio genera irritación entre los vecinos, especialmente entre quienes han pagado su instalación o su mantenimiento para disfrutarla en verano. Pero la responsabilidad de quien gestiona el abastecimiento de casi medio millón de personas no admite titubeos cuando los pantanos marcan rojo. Ante la duda, se opta por la cautela. Es la lógica de quien administra un recurso finito y no quiere verse en la tesitura de decretar cortes de suministro en otoño.
Lo cierto es que la prohibición de baldeos también tiene una lectura de imagen. Lavado de calles a manguera, fuente municipal abierta, aspersores funcionando a pleno rendimiento en jardines públicos: cada gota que se ve malgastada en la vía pública se convierte en un mensaje contradictorio cuando se pide al ciudadano que reduzca su consumo. Coherencia y austeridad hídrica deben ir de la mano, o las medidas pierden toda credibilidad ante la población.
Una crisis que no entiende de fronteras municipales
Quie
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