Una avería en la línea de alta velocidad entre Barcelona y Girona ha dejado durante días a miles de viajeros tirados en estaciones, con trenes suprimidos y sustituciones improvisadas por autobús. La imagen de viajeros durmiendo en andenes catalanes ha dado la vuelta a las redes sociales, pero lo cierto es que en Galicia esas escenas no sorprenden a nadie. Aquí llevamos años conviviendo con cortes, obras eternas y conexiónes que se rompen con la primera lluvia fuerte.
El incidente de Girona, que ADIF atribuye a fallos en la infraestructura de la vía, ha vuelto a poner sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿es la red ferroviaria española tan sólida como presume el discurso oficial? Ahora bien, para el viajero gallego la respuesta se conoce de sobra. No hace falta ir hasta el nordeste catalán para comprobar la fragilidad del sistema.
La perspectiva gallega de la fragilidad
Galicia acumula un historial de incidencias que ningún otro territorio puede igualar en proporción a su red. Las cortes en el corredor entre A Coruña, Santiago y Vigo, el llamado eje atlántico de alta velocidad, se han repetido con una frecuencia que roza lo criminal. De hecho, en los últimos años se han sucedido fallos en catenarias, arrollamientos de señalización y averías que obligaron a suspender servicios completos durante semanas.
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Conoce más →A ello se suma el eterno problema del corredor con Madrid, donde el trazado entre Zamora y Ourense sufrió cortes prolongados por obras y averías que dejaron el AVE a la capital fuera de servicio durante meses. Cabe recordar que algunas de esas interrupciones duraron más de medio año, algo impensable en las grandes líneas europeas. Para quienes viajan entre la terra y Madrid, la palabra «incidencia» forma parte ya del vocabulario habitual.
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Ver planes de email →«Cada vez que llueve de verdad en Galicia, el ferrocarril entra en modo supervivencia. Eso no ocurre en otras comunidades», denuncia un responsable provincial de una asociación de usuarios del transporte.
Cuando el retraso estructural pesa más que la avería
La comparación con Cataluña revela algo revelador: cuando falla la red en el eje mediterráneo, el asunto ocupa portadas durante días. Cuando falla en Galicia, la noticia se diluye. La asimetría informativa tiene su explicación en los volúmenes de viajeros, pero el efecto sobre quienes dependen del tren en el noroeste es idéntico o peor, porque las alternativas son escasas.
De hecho, mientras en el corredor mediterráneo la alta velocidad convive con frecuencias alternativas y cercanías densas, en Galicia la opción de renunciar al tren significa, en la práctica, subir al coche o a un autobús de largo recorrido. Esa falta de redundancia convierte cualquier fallo técnico en un problema de movilidad para toda una comunidad. Y eso, con más de 2,6 millones de habitantes, dice bastante de las prioridades inversoras.
El Ministerio de Transportes ha anunciado auditorías y planes de refuerzo del mantenimiento tras el episodio de Girona. Las mismas promesas se escucharon en Galicia tras los cortes del corredor atlántico, y ahora bien, el viajero que toma el Alvia en Santiago sigue comprobando antes de salir de casa si su tren aparece en la app con la temida nota de «suprimido».
Una oportunidad para cambiar el rumbo
La crisis catalana podría servir, si hay voluntad política, para abordar de una vez el problema de fondo: una red con insuficiente inversión en mantenimiento y una gallego históricamente postergada en la agenda ferroviaria estatal. Galicia fue de las últimas comunidades en recibir alta velocidad y sigue esperando conexiones de cercanías dignas en su eje urbano principal.
Mientras tanto, el viajero gallego observa con cierta retranca el escándalo mediático del corte en Girona. No es envidia, sino experiencia. Morriña no; presión para que las vías que conectan la terra con el resto del país funcionen los 365 días del año.
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