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Cuando el delito se muda de barrio: la lección criminológica que deja Ourense

Cuando el delito se muda de barrio: la lección criminológica que deja Ourense

¿Se puede eliminar el tráfico de drogas de una ciudad, o solo moverlo de sitio? La pregunta flota sobre Ourense después de que la presión policial sostenida sobre un barrio históricamente asociado al menudeo haya terminado redistribuyendo esa actividad por otros puntos del mapa urbano. El fenómeno, conocido en criminología como efecto desplazamiento, está dejando huella en zonas que hasta hace poco observaban el problema desde la distancia.

Un principio de oportunidad y necesidad

La dinámica que rige estos movimientos no tiene nada de misterioso. El delito de menudeo obedece a dos coordenadas básicas: la necesidad de quien financia su consumo y la oportunidad que ofrece el entorno. Cuando una de las dos desaparece —porque el despliegue policial convierte una zona en terreno hostil—, la actividad no desaparece: busca el punto más cercano donde pueda reconstruirse.

Eso es lo que habría ocurrido en la capital ourensana, donde el dispositivo desplegado durante los dos últimos años sobre el antiguo epicentro de la compraventa de heroína y cocaína ha empujado a vendedores y compradores hacia localizaciones situadas a varios kilómetros del punto de partida. La circulación asociada a las drogas no se ha extinguido; se ha rehecho en otra geometría.

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Nuevos escenarios, viejos problemas

En la zona de As Camelias, las quejas vecinales por la presencia de personas consumiendo en el espacio público se han intensificado, según consta en el material periodístico disponible. El malestar de los residentes es la cara más visible de un fenómeno que rara vez anuncia su llegada: el menudeo se instala donde la vigilancia es menor y la circulación de gente facilita el intercambio discreto.

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O Couto, por su parte, mantiene una presencia latente de esta economía irregular. La detención esta semana de un vecino en la avenida de Portugal, en relación con la venta al por menor de cocaína y hachís, ilustra que las operaciones policiales continúan y que el problema no se circunscribe a un solo rincón de la ciudad. Es un recordatorio de que el tráfico minorista es una red, no una plaza concreta.

Robos para financiar el consumo: la otra cara del mapa

El desplazamiento del menudeo arrastra consigo una consecuencia secundaria que preocupa igual o más a los vecinos: la delincuencia patrimonial que financia el consumo. Los hurtos y robos vinculados a la adicción no se concentran donde se vende, sino donde hay algo que robar, lo que dispersa esta modalidad delictiva por comercios, viviendas y vehículos de toda la ciudad. Un vecindario puede no ver nunca una transacción de droga y, aun así, sufrir las secuelas de la que se instaló a cuatro kilómetros.

Más allá del cerco: ¿qué política funciona?

La experiencia ourensana encaja en un debate que recorren ciudades de toda Europa desde hace décadas. Los dispositivos de alta intensidad logran resultados tangibles a corto plazo: desarticulan puntos abiertos de venta, reducen la sensación de impunidad y devuelven cierta tranquilidad a los barrios más castigados. Pero si no van acompañados de intervención social, tratamiento de adicciones y presencia comunitaria sostenida, la actividad tiende a reaparecer en el punto menos vigilado, como el agua que busca el nivel.

La cuestión de fondo, por tanto, no es si la presión policial funciona —la operativa de los últimos años demuestra capacidad de actuación—, sino qué se construye en el terreno liberado. Sin una alternativa real para los consumidores y para los pequeños distribuidores que giran en torno a esa economía, el ciclo de desplazamiento tiende a repetirse.

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Carmen Dorado

Periodista especializada en cultura y sociedad gallega. Colaboradora habitual en medios digitales del noroeste peninsular.

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