Editorial: cien comercios — la muerte silenciosa del centro de Santiago
Cien comercios cerrados en un año. La cifra es fría, pero lo que representa es la desaparición paulatina del alma de una ciudad. Santiago de Compostela, patrimonio de la humanidad y capital de Galicia, está perdiendo su tejido comercial tradicional a un ritmo que debería encender todas las alarmas. Tiendas históricas, ultramarinos familiares, mercerías, librerías de barrio, talleres artesanos: negocios que durante décadas dieron vida a las calles del casco viejo y de los barrios periféricos bajan la persiana para siempre. En su lugar abren franquicias de moda, locales de comida rápida u ostentosamente vacíos, a la espera de un alquiler turístico que nunca llega.
El fenómeno no es exclusivo de Santiago. Es un proceso que afecta a todas las ciudades gallegas y a buena parte de las europeas. Pero en Santiago tiene una dimensión particularmente dolorosa porque la ciudad vive de su centro histórico. El casco viejo no es solo un decorado para turistas: es el corazón comercial, social y cultural de la ciudad. Cuando ese corazón deja de latir, cuando las tiendas que lo mantenían vivo cierran y los vecinos dejan de tener donde comprar pan, pescado o un botón de repuesto, el centro se convierte en un escenario: bonito por fuera, muerto por dentro.
Las causas del cierre son múltiples y se entrelazan. El alquiler comercial se ha disparado: los propietarios prefieren mantener un local vacío esperando a un inquilino que pague cifras astronómicas antes que renovar a precio razonable al comerciante de toda la vida. La Ley de Arrendamientos Urbanos, que en su momento liberalizó los contratos comerciales, facilitó los desahucios y los incrementos desproporcionados. El comercio online resta pies de calle. El aparcamiento en el centro es caro, escaso y mal señalizado, lo que disuade a quienes viven en la periferia de bajar a comprar. Y el perfil del consumidor ha cambiado: el santiagués medio compra en centros comerciales en las afueras y usa el centro solo para tapear o pasear.
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Conoce más →La administración no es ajena al problema, pero su respuesta ha sido tibia. Los planes de revitalización del comercio existen sobre el papel: bonificaciones fiscales para nuevos comercios, campañas de promoción, programas de modernización digital. Pero estas medidas llegan tarde y alcanzan a poco. Cuando un comercio histórico cierra, lo que se pierde no se recupera con una subvención para abrir una cafetería specialty. Se pierde un conocimiento, una relación de confianza con el cliente, un tipo de servicio que ninguna app puede replicar.
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Buscar dominio →Frente a esta hemorragia hace falta cirugía mayor. Regulación de los alquileres comerciales en zonas protegidas, con topes que eviten la especulación. Fiscalidad disuasoria para los locales vacíos: si un propietario mantiene cerrado un local más de dos años, que tribute más. Apoyo real a los comercios existentes, no solo a los nuevos: rebajas en el IBI comercial, acceso a financiación, formación en digitalización. Y, sobre todo, un modelo de ciudad que priorice al vecino sobre el turista de paso.
Un centro histórico sin comercios locales es un museo. Y los museos, por definición, no se habitan: se visitan. Santiago no puede permitirse convertirse en un museo de sí mismo. Cien comercios cerrados son cien heridas. Cada una de ellas sangra algo que no se recupera: la vida cotidiana de una ciudad que fue hecha para vivirse, no solo para fotografiarse.
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