Pocas imágenes tan duras como la de quien lo arriesga todo por un amigo. El trágico accidente que costó la vida al piloto ourensano Jesús López, conocido en el mundo del motor como Pijo, dejó también una estampa de heroicidad silenciosa: la de su compañero y amigo Pablo Rey, que se lanzó hacia el vehículo envuelto en llamas para intentar sacarlo con vida. Lo intentó hasta que el fuego se lo impidió. Hasta que él mismo empezó a quemarse.
El siniestro ocurrió este domingo en Taboadela, durante una prueba de montaña que quedó suspendida de inmediato. El piloto, de 48 años, perdió el control de su barqueta y se estrelló contra un árbol. El impacto fue brutal. Demasiado. El vehículo comenzó a arder rápidamente, y ahí empezó la carrera contrarreloj de Pablo Rey, que no dudó ni un segundo.
Un intento desesperado que duró hasta el límite
Quienes conocen el mundo de las competiciones de montaña saben que la figura del copiloto o del compañero de equipo va mucho más allá de lo técnico. Hay una confianza ciega, forjada a base de kilómetros y de adrenalina compartida. Por eso, cuando Rey vio el coche de su amigo envuelto en fuego, su reacción fue instintiva: correr hacia él.
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Conoce más →El propio Pablo Rey lo contó después con una crudeza que duele: hizo todo lo que pudo hasta que ya se estaba quemando él también. No hubo manera. Las llamas eran demasiado intensas, el tiempo demasiado corto. A nadie se le escapa que ese gesto, el de intentar rescatar a un compañero entre el fuego, es de esos que no se olvidan jamás.
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Ver servidores VPS →Conviene recordar que Jesús López era un rostro habitual en las pruebas provinciales y un especialista, desde hacía muchos años, en las competiciones de montaña. No era un novato. Era alguien que conocía los riesgos de la modalidad, pero que también sabía que, bien hechas las cosas, era un deporte seguro. La fatalidad quiso que este domingo todo se torciera.
El día más trágico en una modalidad segura en Galicia
La jornada deportiva quedó marcada para siempre. La prueba se suspendió nada más conocerse la gravedad del accidente, y el impacto en el pequeño mundo del motor gallego fue inmediato. No es menor el dato de que Galicia, y en particular Ourense, tiene una tradición enorme en este tipo de competiciones. Hay pilotos, equipos y aficionados que viven estas carreras con una pasión que roza lo familiar.
Precisamente por eso, la muerte de Pijo golpea tan fuerte. No era un desconocido. Era uno de los suyos. Y la imagen de su barqueta tapada por la Guardia Civil tras el siniestro, en Taboadela, resume la dimensión de la tragedia. Lo que iba a ser una jornada de deporte y convivencia se convirtió en un duelo colectivo.
La escena del vehículo calcinado, con el árbol contra el que se estrelló, es de esas que se quedan grabadas en la retina de quien la presenció. Y en medio de ese escenario desolador, la figura de Pablo Rey intentando llegar hasta su amigo, desafiando al fuego, es lo que muchos recordarán como el gesto más humano de un día inhumano.
La amistad por encima del miedo
Lo cierto es que en situaciones límite la gente reacciona de formas imprevisibles. Hay quien se paraliza y quien, sin pensarlo, se lanza. Pablo Rey pertenece a esta segunda categoría. Su testimonio, breve y directo, no deja lugar a dudas: lo intentó hasta que físicamente no pudo más. Hasta que el fuego le mordió la piel y le obligó a retroceder.
Esa es la parte de la historia que merece ser contada. No solo la del accidente, sino la de la persona que estuvo dispuesta a quemarse por salvar a un amigo. Porque al final, más allá de los tiempos, las clasificaciones y las victorias, lo que queda es esto: la lealtad en el peor momento posible.
La modalidad de montaña, tan arraigada en la provincia, pierde a uno de sus nombres más queridos. Y gana, paradójicamente, un ejemplo de compañerismo que trasciende lo deportivo. Ahí está la clave. Porque Pijo ya no volverá a tomar una salida, pero la imagen de su amigo corriendo hacia las lla
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