El espejismo del veraneo: cuando la efervescencia turística enmascara el silencio del interior
A principios del mes de agosto, Galicia se viste, como cada año, de gala para recibir al visitante. Nuestras rías brillan con un esplendor que parece sacado de un cuadro de Lugrís, y el litoral entero bulle con una energía febril, propia de quienes intentan condensar el descanso de todo un año en unas pocas semanas de asueto. Sin embargo, despojándonos de la euforia estacional, asoma una realidad mucho más tozuda y compleja. La Galicia que se exhibe al mundo en este agosto de mil novecientos noventa y… perdón, en este agosto de dos mil veintiséis, es un territorio atravesado por profundas tensiones estructurales. Es la eterna dicotomía entre el dinamismo de la costa y el abandono silencioso del interior, entre la riqueza efímera de los servicios y la paulatina pérdida de nuestro sustrato productivo y demográfico.
Caminar por las calles históricas de Compostela, recorrer los paseos marítimos de Vigo o sentarse en una terraza en Betanzos transmite una sensación de vitalidad aplastante. El sector turístico, que hoy es sin duda uno de los grandes motores de nuestra economía, funciona a un ritmo frenético. Pero este escenario de apogeo veraniego esconden un problema de fondo que, a estas alturas del siglo, ya no debería ser tabú: estamos hiperconcentrando nuestra riqueza y nuestra población en una franja litoral cada vez más estrecha. El saldo de esta desmesura es la configuración de dos Galicias que se miran de reojo. Una alucinada por el ruido y la demanda, y otra resignada al olvido, perdiendo el aliento a pasos agigantados.
La huella despoblada y la memoria que se apaga
Cuando uno toma un vehículo y conduce hacia el interior —ya sea cruzando la abrupta orografía de Lugo, adentrándose en la llanura ourensana o perdiéndose en las montañas orientales—, la percepción cambia de manera drástica. La densidad humana se desploma y el envejecimiento se palpa en el ambiente. No es solo que los pueblos se queden sin vecinos; es que se están quedando sin memoria. El conocimiento tradicional, el cuidado del entorno agroforestal, la propia lengua y la cultura inmaterial se desvanecen al mismo ritmo que se apagan las luces en las casas de piedra.
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Conoce más →La emigración histórica fue un trauma que marcó nuestro carácter, pero la actual hemorragia demográfica es de una naturaleza distinta y, a mi juicio, mucho más cruel. Ya no se trata de partir hacia América o Europa buscando el sustento que aquí negaba el franquismo o la pobreza estructural; hoy se trata de la fuga ineludible de las nuevas generaciones. Nuestra juventud se ve obligada a empacar sus proyectos vitales hacia los grandes núcleos urbanos del Estado o del extranjero. La falta de oportunidades dignas y estables en el rural empuja al éxodo, dejando tras de sí un paisaje de bellísima y trágica desolación. La despoblación no es una tragedia natural ni un hado inevitable; es el resultado directo de décadas de políticas descoordinadas y de un modelo de desarrollo que ha despreciado sistemáticamente la vertiente interior del país.
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Buscar dominio →Del estío pasajero al trabajo de fondo: los pilares económicos en jaque
Es innegable que el turismo nos salva los muebles durante el verano. Los ingresos generados en estos meses permiten a muchos negocios de hostelería y comercio resistir la penuria del invierno. Pero ampararse exclusivamente en la bonanza estival es como construir una casa sobre cimientos de arena. Galicia no puede vivir de la venta de memories de agosto. Necesitamos un tejido productivo que sangre durante los doce meses del año, y ahí es donde surgen las sombras alargadas de nuestras carencias estratégicas.
Tradicionalmente, el secteur primario y la industria han sido nuestro gran baluarte. Sin embargo, ambos sectores padecen una profunda incertidumbre. El campo gallego, atomizado y a menudo ahogado por unas cadenas de distribución que exprimen los márgenes del productor hasta la extenuación, agoniza entre el abandono y el avance imparable de un modelo forestal basado en el monocultivo de especies de crecimiento rápido. Ese modelo, que a veces se promociona como solución económica para el rural, no hace sino degradar nuestros suelos, alterar los ciclos hidrolológicos y preparar el terreno para los peores escenarios posibles frente a los incendios forestales, una tragedia que cada verano azota nuestra geografía con una saña interminable.
El otro gran motor histórico, nuestra industria naval, navega desde hace décadas en aguas procelosas. Los antiguos astilleros, que fueron auténticos motores de desarrollo social y laboral en nuestras rías, hoy se debaten entre la conversión tecnológica hacia las energías renovables marinas y los fantasmas de una reconversión incompleta. La tensión es palpable: por un lado, la urgencia ineludible de descarbonizar nuestra economía y liderar la transición eólica off-shore; por otro, la deslocalización de la construcción de grandes buques hacia otros países con costes laborales más bajos. Galicia tiene el talento y la tradición para liderar la industria naval del futuro, pero asistimos a este proceso con un desencanto profundo, temiendo que, una vez más, las decisiones estratégicas se tomen lejos de aquí, ignorando la idiosincrasia de nuestros trabajadores y de nuestros territorios.
El lamento de los raíles y el eterno debate autonómico
Para comprender la totalidad de este rompecabezas, es indispensable poner el foco sobre nuestras infraestructuras, auténtico hueso en el garganta de la articulación territorial gallega. La eterna promesa del corredor Atlántico y de la conexión ferroviaria de altas prestaciones con la Meseta parece más un castigo sutil que un proyecto de Estado. Resulta paradójico y doloroso observar cómo, a estas alturas de la década, desplazarse desde el extremo noroeste peninsular hacia la capital del Estado, o incluso conectar transversalmente nuestras cuatro provincias por vía férrea, siga siendo una odisea en términos de tiempo y comodidad.
El abandono infraestructural no es una mera queja regionalista; es un lastre letal para nuestra competitividad. Sin unas vías de comunicación rápidas, eficientes y ecológicas, resulta imposible pretender frenar la sangría demográfica del interior o descentralizar la riqueza turística e industrial. Las autopistas peonajes nos exprimen, los aeropuertos de menor tamaño del país agonizan y el ferrocarril convencional pierde usuarios por culpa de la ineficiencia y la falta de inversiones constantes. Existe la sensación colectiva, fuertemente arraigada, de que Galicia es tratada como la periferia olvidada, un fondo de armario al que solo se acude cuando interesa repartir impulsos a las grandes macro-empresas o cuando se requiere un paisaje bonito para las postales estivales.
El gran desafío que tenemos por delante es, por tanto, de vocación y de voluntad política. Debemos ser capaces de dejar de mirarnos el ombligo en época estival y afrontar la modernización de nuestra economía con valentía. Reivindicar un pacto de Estado por un ferrocarril digno y veloz; apoyar de manera resuelta la transición industrial hacia las energías limpias; poner en valor y proteger de verdad a nuestro sector primario, y trazar políticas de arraigo reales que frenen el drama demográfico de nuestros pueblos.
Galicia es un país bendecido por la naturaleza, con una resiliencia forjada en la piedra y en la sal. Tenemos la materia prima, el talento y el corazón para revertir este declive. Pero no podremos hacerlo mientras sigamos confundiendo el éxito coyuntural de un mes de agosto repleto de forasteros con la verdadera salud estructural de nuestra tierra. Es el momento de exigir, y de construir nosotros mismos, el país que merecemos más allá del estío.
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