Cerrar los ojos sobre la historia política autonómica supone perder la clave para entender el presente. El fallecimiento de un nonagenario en la capital compostelana no sería, a priori, más que una noticia necrológica de rúbrica si no fuera porque ese individuo encarnó como pocos las tensiones, las fracturas y las transformaciones de la construcción del autogobierno gallego. Hablamos de un personaje que pasó de gestionar las finanzas desde una perspectiva moderada a liderar las listas de un partido nacionalista en las elecciones europeas. Un giro que, lejos de ser una anécdota biográfica, resulta un termómetro perfecto de los cambios de paradigma que vivió este territorio durante las décadas de los ochenta y los noventa.
La fragilidad de los primeros gobiernos autonómicos
Los primeros pasos de la comunidad autónoma estuvieron marcados por una precariedad institucional que hoy resulta casi inimaginable. Aquellos hombres y mujeres que asumieron las riendas de áreas económicas se encontraron con un vacío estructural absoluto: no existía una hacienda propia, ni un marco tributario diferenciado, ni siquiera una administración preparada para asumir las competencias transferidas. El papel de los vicepresidentes con rango económico en aquellas legislaturas fue, en la práctica, el de albañiles de un edificio que se levantaba sobre unos cimientos de barro.
El diseño del sistema de financiación vigente, con sus luces y sus sombras, tiene parte de su ADN en aquellas decisiones tomadas bajo la presión de la urgencia. Entender aquellos años exige reconocer el esfuerzo titánico de dotar a las instituciones de unas mínimas herramientas de recaudación y gestión, un trabajo a menudo invisible frente a las polémicas políticas de alto voltaje que dominaban las portadas.
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Conoce más →De la obediencia partidista al nacionalismo transversal
Lo que verdaderamente convierte en fascinante la trayectoria de este jurista y economista no es su faceta de gestor público, sino su mutación ideológica. En la Galicia de la Transición, el mapa político era rígido, casi estanco. Militar en una formación de centro-derecha y terminar encabezando una candidatura soberanista al Parlamento Europeo suponía romper todos los códigos establecidos. ¿Qué empuja a un alto cargo consolidado a tirar por la borda su espacio de poder natural?
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Ver planes de hosting →La política gallega de aquellos años funcionaba como un imán de lealtades, donde abandonar el barco original se pagaba con la marginación institucional inmediata.
Este tipo de tránsitos solo pueden explicarse desde la profunda decepción. La frustración ante los límites del autogobierno, la sensación de que el marco estatutario se quedaba corto o la deriva personalista de ciertos liderazgos acaban empujando a figuras técnicas y académicas hacia opciones que, en sus orígenes, les resultaban completamente ajenas. Su caso no fue un fenómeno aislado, pero sí uno de los más simbólicos y estridentes, porque llevaba aparejada la renuncia a los privilegios del poder centralista para abrazar una causa que entonces parecía minoritaria en las urnas.
La huella de los intelectuales en la vida pública
Más allá de sus cargos políticos, el perfil del fallecido nos obliga a reflexionar sobre el papel de los técnicos e intelectuales en la administración. Doctorado en disciplinas tan dispares como el Derecho y la Economía, con una larga vinculación al ámbito académico, representaba esa estirpe de funcionarios-políticos que hoy brilla por su ausencia en las listas electorales. La actual profesionalización de la política, entendida como la creación de una casta dedicada exclusivamente a la gestión partidista, ha sepultado la figura del experto que entra en el gobierno para resolver problemas complejos y que, una vez agotada su utilidad o su paciencia, vuelve a su vida privada o da un giro radical.
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