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El oficio de la costura se apaga en Lugo: ¿quién tomará el relevo?

Esperar semanas para un bajo: la costura en Lugo busca relevo

Llevar un pantalón a acortar, ajustar una chaqueta o cambiar una cremallera se ha convertido en un ejercicio de paciencia en Lugo. Lo que antes se resolvía en un par de días, ahora puede demorarse semanas. La razón es sencilla: faltan modistas. El oficio, antaño común en cada barrio, se ha ido apagando sin que llegue un relevo generacional que lo sostenga. Y los pocos talleres que resisten, como el de Camelia en la Praza de Santo Domingo, trabajan contra reloj para atender a una clientela que crece mientras las manos disponibles menguan.

Un oficio que se apaga

Detrás de las máquinas de coser hay un problema que trasciende la moda. La falta de profesionales de la costura en la ciudad no es nueva, pero se ha agravado en los últimos años con el cierre de numerosos talleres. Quienes aún mantienen las puertas abiertas lo hacen con listas de espera que se alargan. En el taller de Camelia, por ejemplo, una de las costureras que trabaja allí desde hace unos dos meses lo resume sin rodeos: hay muy pocas modistas en Lugo y las que hay están saturadas. La pregunta que flota en el ambiente es inevitable: ¿qué está pasando con los oficios tradicionales?

No es un fenómeno aislado. En toda la ciudad, el mismo patrón se repite con los zapateros de reparación. Oficios que durante décadas formaron parte del paisaje urbano, con sus pequeños locales llenos de hilos, betunes y agujas, desaparecen sin que nadie ocupe su lugar. La consecuencia directa es que los pocos que quedan no dan abasto.

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Rechazar encargos, la nueva rutina

La situación ha llegado a un punto en el que los talleres tienen que decir que no. Entra mucho trabajo, pero los plazos que exigen muchos clientes —a menudo de inmediato— son imposibles de cumplir. En el taller de Camelia han tenido que rechazar encargos porque quienes los pedían no estaban dispuestos a esperar. Y es que, aunque un bajo pueda resolverse en una semana, los arreglos más complejos requieren mucho más tiempo. La demanda no se detiene, pero el ritmo humano tiene un límite.

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La paradoja es evidente: en una época en la que la moda rápida y el consumo inmediato dominan, cada vez más personas buscan alargar la vida de sus prendas. Ya sea por economía, por conciencia ecológica o por cariño a una pieza concreta, la reparación se ha revalorizado. Pero sin quien la ejecute, esa voluntad choca contra la realidad de unos talleres que trabajan al límite de su capacidad.

Un futuro incierto para la aguja

La pregunta del millón es si habrá relevo. A día de hoy, la respuesta no parece optimista. Aprender el oficio requiere tiempo, paciencia y una dedicación que pocos jóvenes están dispuestos a asumir. Los salarios no siempre son competitivos y la formación reglada en costura ha ido perdiendo peso en los planes educativos. Aunque existen iniciativas puntuales y alguna escuela que mantiene viva la llama, la realidad es que el número de personas que se incorporan al sector es mínimo comparado con el de las que se jubilan o cierran sus negocios.

En Lugo, como en tantas otras ciudades gallegas, el relevo generacional no llega. Y mientras tanto, los talleres que quedan siguen cosiendo a destajo, con listas de espera que no dejan de crecer y una clientela que aprende, a la fuerza, que arreglar la ropa ya no es cuestión de horas, sino de semanas.

Quizá la solución pase por recuperar la dignidad de un oficio que nunca debió perderla. O tal vez por repensar cómo formamos a las nuevas generaciones en habilidades manuales que, como esta, son mucho más que un servicio: son una forma de resistencia frente al tirar y comprar. Mientras eso llega, en Lugo quien quiera un bajo tendrá que armarse de paciencia. Y quien tenga una máquina de coser, de ganas de seguir.

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Carmen Dorado

Periodista especializada en cultura y sociedad gallega. Colaboradora habitual en medios digitales del noroeste peninsular.

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