La política catalana vuelve a marcar la agenda, y no precisamente por buen camino. Aliança Catalana, el partido independentista de derecha radical que irrumpió con fuerza en el Ayuntamiento de Ripoll, ha dado un giro llamativo hacia Vox, con el que comienza a explorar confluencias parlamentarias que hace apenas dos años habrían parecido impensables. Un partido que nació gritando «Països Catalans» buscando pactos con quien niega las lenguas propias es, cuando menos, una paradoja digna de análisis.
Lo cierto es que el fenómeno no puede leerse solo desde Barcelona. El auge de la derecha antisistema es una corriente transversal que también sopla con fuerza en la terra gallega, y conviene preguntarse qué nos dice, a nosotros, este baile de alianzas.
El espejo gallego
Galicia ha sido históricamente tierra de resistencia frente a los populismos de corte extremo. Pero los datos más recientes sugieren que el filtro no es tan impermeable como creíamos. Vox, que en las generales de 2023 obtuvo en Galicia alrededor de un 8 % de los votos, superando el 20 % en comarcas del interior de Ourense y en la Mariña lucense, ha ido consolidando estructuras locales donde antes apenas existía nada. En municipios rurales de la Galicia interior, su crecimiento ha sido el triple que en las áreas metropolitanas de A Coruña o Vigo.
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Conoce más →De hecho, el patrón se parece sospechosamente al catalán: ruralidad despoblada, sensación de abandono institucional, miedo al cambio demográfico y un discurso que convierte la queja local en combate cultural. Ahora bien, hay una diferencia sustancial. Mientras en Cataluña Aliança Catalana intenta casar independentismo y derecha radical —una operación difícil, casi de retranca pura—, en Galicia no existe hoy un equivalente autonomista de extrema derecha. El vacío lo ocupa directamente Vox, con su discurso centralista, lo cual dice mucho de la debilidad del campo político galleguista en determinados territorios.
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Ver planes de email →Companys, Castelao y las batallas de memoria
El otro frente abierto por este acercamiento es el de la memoria histórica. Alianza Catalana ha hecho bandera de una reinterpretación de figuras como el president Lluís Companys, fusilado en 1940, al que parte de su militancia acusa de izquierdismo mientras reivindica otros referentes conservadores del catalanismo. Cabe recordar que Companys sigue siendo el único presidente europeo elegido democráticamente ejecutado durante la Segunda Guerra Mundial, y que su memoria es una línea roja para amplios sectores del catalanismo.
El paralelismo gallego es inmediato. ¿Qué diríamos si un partido nacido aquí decidiese reciclar a Castelao, a Otero Pedrayo o a la RIG como.iconos despojados de su sentido? La memoria del galleguismo —el Estatuto de 1936, los mártires de la represión, los cuatro mil fusilados en la terra— no es propiedad de nadie, pero sí tiene un contexto. Utilizarla como decorado para discursos de exclusion no solo es un error histórico: es una agresión a quienes la custodian.
«La memoria no es una marca que se pueda registrar y manipular; es un compromiso con los que ya no pueden defenderse», nos comentaba recientemente un historiador de la Universidade de Santiago familiarizado con los debates sobre la represión franquista en Galicia.
Qué mirar desde aquí
El pacto o la confluencia entre Aliança Catalana y Vox debería servir de aviso en Galicia. Primero, porque demuestra que los referentes ideológicos son, para estos partidos, negociables: todo vale si suma escaños. Segundo, porque la Galicia rural, envejecida y castigada por la despoblación, es terreno abonado para discursos de agravio comparativo si nadie ofrece respuestas reales.
Ahora bien, también hay margen para el optimismo prudente. La sociedad gallega sigue mostrando en las encuestas una sensibilidad especial hacia la memoria del franquismo, y la cultura del consenso, esa mezcla de morriña y sentido común que caracteriza a nuestra gente, es un antídoto potente frente a los fuegos de paja. La pregunta es si los partidos con raíces en el país —todos— sabrán leer a tiempo lo que está pasando en las comarcas antes de que otros lo exploten. Esa es, hoy por hoy, la verdadera lección del giro catalán.
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