Hay noticias que, más allá de su interés informativo, funcionan como espejos. El anuncio de que el periodista gallego Pedro Blanco toma las riendas de ‘Hoy por Hoy’ este verano es una de ellas. El programa más escuchado de la radio española, el que durante décadas marcaron Iñaki Gabilondo y Pepa Bueno, queda en manos de un periodista formado en Galicia, y eso debería llevarnos a una reflexión que va mucho más allá del orgullo de pueblo: ¿qué hacemos con el talento que Galicia genera y qué papel juega en la construcción de nuestra imagen fuera de nuestras fronteras?
No es un caso aislado. La radio y la televisión nacionales están sembradas de voces gallegas que tuvieron que cruzar el Miño —o el Cantábrico— para crecer. El fenómeno tiene una lectura doble. La primera es celebratoria: hay escuela, hay carácter, hay una forma de contar que funciona. La segunda es incómoda: casi siempre el salto exige marcharse. Los escaparates decisivos siguen estando en Madrid o en Barcelona, y mientras Galicia no disponga de plataformas propias con capacidad de proyección nacional, seguiremos exportando talento en lugar de capitalizándolo.
Aquí es donde esta casa quiere plantear una opinión firme: la visibilidad mediática no es un capricho, es infraestructura. Igual que un puerto o un aeropuerto, una industria audiovisual potente genera retorno económico, atrae inversión y, sobre todo, corrige la percepción exterior. Porque hay una segunda noticia esta semana que ilustra perfectamente el problema: el eco nacional del revuelo en torno a Marta Gómez Montero tras su salida de ‘Malas lenguas’ se explica, en parte, por su vínculo gallego. Galicia aparece en la conversación nacional casi siempre por vía indirecta: por el apellido de una periodista, por un suceso, por un corresponsal que cubre la provincia. Rara vez por iniciativa propia, desde medios propios con alcance propio.
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Conoce más →No se trata de victimismo, sino de estrategia. La Xunta dispone de una televisión y una radio autonómicas con profesionales de primer nivel, pero su radio de acción se agota en la comunidad. Faltan alianzas con plataformas, faltan producciones que nacen aquí y se ven en toda España, falta ambición. El caso de Pedro Blanco demuestra que el material humano sobra; lo que falta es el ecosistema que permita liderar desde aquí.
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Ver planes de hosting →Hay quien dirá que esto es pelear contra la geografía de los medios, que la centralidad de Madrid es un hecho con siglos. Quizá. Pero la digitalización ha roto esa excusa: la audiencia ya no vive en un mapa, vive en un móvil. Un medio gallego bien hecho puede competir hoy en igualdad de condiciones por la atención de un oyente de Sevilla. Que no ocurra no es fatalidad: es una decisión de inversión, de gestión y de visión.
Por eso celebramos a Pedro Blanco como se celebra a quien gana fuera lo que no le dejaron ganar dentro. Pero la celebración, hoy por hoy, tiene algo de factura pendida. Cada vez que un gallego toma las riendas de un gran programa nacional, Galicia debería preguntarse cuántas riendas propias está dispuesta a ofrecerle.
El talento ya demostró el camino. Falta que las estructuras lo acompañen. Y eso, como casi todo lo importante, no se decretará desde Madrid: tendremos que construirlo aquí.
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