La mirada del economista Santiago Niño Becerra suele ser incómoda. Esta vez, su pronóstico sobre el futuro de la sanidad pública ha removido conciencias, especialmente en una tierra como Galicia, donde la demografía marca el ritmo de la vida y de los servicios esenciales.
Una advertencia que viene de lejos
Niño Becerra, conocido por sus análisis a contracorriente, ha vuelto a poner el dedo en la llaga. En una serie de declaraciones recientes, el catedrático emérito de la Universidad Ramon Llull ha vinculado directamente los recortes presupuestarios en sanidad con una reducción en la esperanza de vida. No es un escenario de ciencia ficción, sino una tendencia que, según sus cálculos, ya se está gestando en varios países del sur de Europa. Lo cierto es que el economista habla de un modelo insostenible, donde la eficiencia se antepone a la equidad, y donde las listas de espera no son un mero contratiempo administrativo, sino un síntoma de un sistema que se resquebraja. «Si no se invierte, la calidad asistencial cae y la gente muere antes», viene a decir, con esa retranca tan suya que a veces incomoda.
Pero, ¿qué pinta Galicia en todo esto? Pues pinta mucho. De hecho, la comunidad es un caso de estudio perfecto para las tesis de Niño Becerra. Somos una de las regiones más envejecidas de toda la Unión Europea, con una tasa de dependencia que no deja de crecer. Eso significa que el sistema público de salud gallego, el Sergas, atiende a una población que, por pura biología, requiere más recursos, más especialistas y más tiempo de cuidado.
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Conoce más →El rural gallego, la primera línea de fuego
El impacto de unos hipotéticos recortes no se sentiría igual en la Coruña que en una aldea de O Courel. El problema de la sostenibilidad en el rural gallego no es una cuestión de futuro, es una realidad del presente. Cierres de centros de salud, dificultades para cubrir plazas de médicos de familia en zonas deprimidas y la obligación de desplazarse decenas de kilómetros para una consulta son el pan de cada día para miles de gallegos. La advertencia de Niño Becerra cobra aquí una dimensión más cruda. Si la esperanza de vida nacional puede resentirse, en Galicia el golpe sería mayor, porque partimos de una base más frágil.
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Ver servidores VPS →«Galicia no puede permitirse el lujo de perder un solo año de esperanza de vida. Nuestra estructura demográfica es un aviso constante: o se invierte en el rural y en la atención primaria, o pagaremos un precio muy alto en salud colectiva», señala un responsable del área de planificación sanitaria del Sergas, en conversación con este periódico.
Los datos del Instituto Galego de Estatística (IGE) son tozudos. La esperanza de vida al nacer en Galicia se sitúa entre las más altas del Estado, rozando los 84 años. Un logro, sin duda. Ahora bien, ese dato esconde una paradoja. Vivimos más, pero no necesariamente mejor. La cronificación de enfermedades y la presión sobre un sistema que pierde profesionales por jubilación y falta de relevo generacional ponen en jaque la calidad de esos años ganados. Un 12% de la población gallega supera los 80 años, un porcentaje que duplica la media de muchas regiones europeas.
Lo que propone Niño Becerra no es un catastrofismo gratuito. Es un aviso para navegantes. Su análisis sugiere que el modelo de financiación autonómica, tal y como está concebido, no es suficiente para mantener el estado del bienestar en comunidades con un envejecimiento tan acusado. La morriña de un sistema que funcionaba choca con la necesidad de reinventarlo. Y aquí, en Galicia, esa reinvención no es una opción, es una urgencia. Si el Estado no ajusta las cuentas a la realidad demográfica de cada territorio, el Sergas, con su red de centros de salud dispersos por la geografía, será el primero en sufrir las consecuencias de una tendencia que, según el economista, ya es imparable.
El debate está servido. Y aunque las declaraciones de Niño Becerra no sean una profecía, sí funcionan como un espejo. Un espejo en el que Galicia debe mirarse con atención, no para asustarse, sino para tomar decisiones con cabeza. Porque la salud de una terra no se mide solo en sus hospitales, sino en la capacidad de cuidar a los que se quedan.
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