El Deportivo de La Coruña ha logrado el ansiado retorno a Primera División tras una larga travesía por los estratos bajos del fútbol español. La clasificación, sellada con sudor y tensión en el cierre de la temporada, ha encendido la fiesta en Riazor y en toda la comarca de la Coruña. Quien pensó que el club no volvería a brillar, hoy debe rendirse ante la evidencia: el equipo ha recuperado su sitio.
El estadio vibró como no lo hacía desde hace lustros. Las gradas, antes vacías, ahora llenas de bufandas blancas y azules, rugieron en cada jugada. En la calle Sagasta, frente al muro del viejo campo, los más viejos recordaban al campeón del año 2000. No lo dijeron en voz alta, pero se notaba: esto no es solo un ascenso, es una reparación.
El camino fue de trinchera
El camino no tuvo atajos. Cada punto se arrancó con esfuerzo, muchas veces a domicilio, otras en partidos que se decidieron en el alargue. El equipo no dominó toda la temporada, pero sí cuando más importaba. En las últimas diez jornadas, sumó ocho victorias. La defensa, antes frágil, se convirtió en muralla. El portero, un jugador clave aunque no se nombre, solo encajó dos goles en ese tramo. Demasiado tiempo.
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Ver en Hotels.com → PublicidadEl entrenador, llegado a mitad de campaña tras la destitución de su antecesor, impuso un estilo austero: orden, presión alta y contundencia en el área rival. No buscó brillar, buscó ganar. Y ganó. Basta con mirar la clasificación final: segundo puesto directo, sin necesidad de playoffs. Lo cierto es que nadie daba un duro por ellos en agosto. Hoy, muchos reconocen que subestimaron el hambre del club.
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En Arteixo, en Oleiros, en Betanzos, la gente habla del Dépor otra vez. No como un recuerdo, sino como realidad. En los bares de la Plaza de María Pita, los hombres de mediana edad brindan con regañina: “Otra vez arriba, como debe ser”. Las nuevas generaciones, que solo conocían al Dépor en Segunda o en Segunda B, ahora entienden por qué sus padres tanto lloraron cuando bajó.
Las peñas, que nunca cerraron, multiplicaron sus actividades. Una de ellas, en Narón, organizó un viaje colectivo a cada partido decisivo. Viajaban en autobús, con pancartas y tambores. Un responsable de la peña dijo que “esto no es fútbol, es identidad”. No es menor el dato: la media de asistencia en Riazor creció un 65% en la segunda vuelta. La cifra habla por sí sola.
El futuro, con pies en el suelo
El club ya trabaja en la planificación de la próxima temporada. Se han reactivado conversaciones con patrocinadores que antes dieron la espalda. Algunos jugadores clave han recibido ofertas de otros equipos de Primera, pero la directiva confía en retener al núcleo duro. Un alto cargo municipal, cercano al entorno del club, aseguró que “habrá apoyo institucional para reforzar la cantera y el estadio”.
El presupuesto, aún en estudio, deberá ajustarse a la nueva realidad. En Primera, todo es más caro: arbitraje, desplazamientos, derechos de televisión. Pero también hay más ingresos. Y más exposición. Conviene recordar que el Dépor no es un equipo cualquiera: tiene historia, tiene marca, tiene raíz. A nadie se le escapa que el fútbol gallego necesita un referente nacional. Ahí está la clave.
En los despachos, ya se habla de “proyecto a largo plazo”. No de sobrevivir, sino de consolidarse. Algunos exfutbolistas del club, hoy comentaristas en radio local, advierten: “Que no se repita el error de antes, de vivir del pasado”. No parece casualidad que, en las últimas semanas, el club haya contratado a nuevos analistas de datos y técnicos del área médica. Algo está cambiando.
El ascenso no cura todas las heridas. Quedan deudas, heridas institucionales, decisiones del pasado que aún pesan. Pero devuelve algo esencial: la ilusión. Y en Galicia, donde el fútbol a veces se mezcla con el orgullo de pertenencia, eso vale más que cualquier trofeo.
¿Hasta dónde puede llegar el club?
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