Dos gigantes del sector eléctrico se han puesto de acuerdo en algo inédito: que el río Sil vale una fortuna. La provincia de Ourense lleva décadas sospechándolo, pero es ahora, con la pugna por el gran proyecto hidroeléctrico de Parada de Sil sobre la mesa, cuando la noticia adquiere su verdadera dimensión. Y conviene decirlo sin rodeos: esta vez Ourense no puede conformarse con ser el decorado de un negocio que se decide en Madrid.
Un río que ya dio mucho y cobró poco
El Sil ya fue manso y señorial de otra época: sus centrales alimentaron el desarrollo industrial de medio noroeste mientras las comarcas ribereñas se quedaban, como tantas veces, con el agua hervida. Aquel modelo del siglo XX consistía en extraer el recurso y devolver un sueldo y una caricatura de progreso. La nueva pugna entre las dos compañías, sin embargo, se juega en términos distintos: inversión asociada, empleo cualificado, abastecimiento energético y una reverencia hacia el territorio que ya no puede ser solo retórica de nota de prensa.
La pregunta que Ourense debe hacerse no es quién paga más, sino qué queda. Porque una central puede ser una bendición o una expropiación disfrazada, dependiendo del contrato, de los plazos y de la letra pequeña. La historia de la energía en Galicia está repleta de pantanos que inundaron valles enteros a cambio de promesas; algunas de esas promesas aún se esperan. A ello se suma otra urgencia de actualidad que obliga a mirar el agua desde el cuidado: la escasez de pañales para personas dependientes denuncia que Galicia aún no ha resuelto la dignidad de sus mayores, y un territorio capaz de financiar megaproyectos no tiene excusa para descuidar lo elemental.
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La pugna por el Sil llega, además, en el peor momento posible para la sutileza política. El Concello de Ourense arrastra un otoño con 700 proveedores esperando el pago, con PP y BNG frenando el plan de choque mientras la economía local contiene la respiración. En ese escenario, que la administración local se siente ante un inversor multimillonario obliga a un ejercicio de madurez: negociar desde la necesidad es mal negocio, y negociar desde la unión institucional es la única manera de que el río no divida todavía más a la ciudad.
Lo que debería exigirse
Tres condiciones mínimas. Primera, transparencia total: el convenio debe conocerse antes de firmarse, no después, con Estudio de impacto económico local en mano. Segunda, contenido territorial: porcentaje de empleo local comprometido por escrito, inversiones en infraestructuras asociadas y un fondo de conservación del cauce que no dependa de la buena voluntad del concesionario. Tercera, perspectiva: si el Sil va a ser protagonista de la transición energética, que también lo sea de la retención poblacional, porque un río que solo produce megavatios y no vecinos es un fracaso con contadores.
Ourense tiene delante una oportunidad que aparece una vez por generación. La diferencia entre el tesoro y la estafa está en cómo se firma. Por una vez, la historia debería escribirse con el río y para sus gentes, no sobre sus espaldas.
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