Galicia en el equinoccio: entre la lámpara de petróleo y el aerogenerador
La semana que llega, con el verano todavía caliente en las playas de O Carregal y las primeras nieblas sobre el Ulla, es buen momento para detenerse a mirar dónde está parada Galicia, más allá del ruido cotidiano y del calendario festivo que ya se apaga. Tres tensiones de fondo atraviesan estos días la comunidad, y ninguna de ellas se resuelve en un titular: la transformación del modelo energético y territorial, la persistente hemorragia demográfica del interior y la batalla silenciosa por el sentido mismo de lo gallego.
El viento como frontera interior
La fotografía aérea de Galicia occidental, con sus montes cubiertos de aerogeneradores, y la del interior rural, con aldeas que respiran apenas unos vecinos, dibujan el mismo mapa con dos signos opuestos. Las renovables llegaron a Galicia prometiendo renta y futuro, y en buena medida trajeron inversión, actividad y una cierta modernización de municipios que el éxodo había vaciado. Pero también generaron un malestar profundo, difícil de clasificar con las categorías habituales del debate económico.
Porque lo que está en discusión no es el viento ni el sol, sino la propiedad y la decisión. Los montes comunales, esa singularidad jurídica gallega que tanto organiza el territorio, se han convertido en el escenario de una negociación desigual entre comunidades de vecinos envejecidas y grandes promotores. Cuando la decisión sobre el paisaje, el agua y el monte se toma en despachos lejanos, la sensación de extracción territorial se instala en el ánimo colectivo. Es sintomático que el rechazo a determinados proyectos eólicos ya no sea patrimonio de la ecología militante: brota en plenos municipales, en asambleas de montes, en conversaciones de feira.
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Conoce más →Mi opinión es que la Xunta tiene pendiente una tarea de arquitectura social que los decretos por sí solos no resuelven: reconstruir la legitimidad del despliegue renovable devolviendo a las comunidades locales capacidad real de decisión y de beneficio. Sin ese consenso territorial, cada nueva macroinstalación será una herida abierta, y Galicia corre el riesgo de perder la oportunidad histórica de convertirse en referente de transición justa precisamente por tener la mejor materia prima de Europa para ello.
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Hosting WordPress →El interior que se apaga, la costa que se congestionan
Si hay un problema estructural que ningún gobierno autonómico, con independencia de su color, ha sabido frenar en décadas, es el desequilibrio territorial. Las comarcas de Ourense, gran parte de Lugo y las zonas altas de A Coruña y Pontevedra experimentan un envejecimiento acelerado que ya no es tendencia sino estado permanente. Las escuelas rurales cerradas, los servicios de salud itinerantes y los taxis sociales son la infraestructura invisible de una Galicia que resiste.
Mientras tanto, el litoral, especialmente el corredor atlántico entre A Coruña y Vigo, concentra población, servicios y opportunity, al precio de una saturación creciente: movilidad colapsada, vivienda encarecida por la presión turística, primeras residencias convertidas en segundas. El fenómeno no es exclusivamente gallego, pero aquí adquiere un rasgo peculiar: la dualidad no solo es costa-interior, sino también nacionalidad-territorio, identidad-movilidad. Muchos jóvenes del rural gallego no emigran ya a Alemania o a Suiza como hicieron sus abuelos; se desplazan a Vigo o A Coruña, manteniendo un vínculo con la terra que la emigración transoceánica de antaño rompía de forma más definitiva.
Esa emigración interna tiene una consecuencia política innegable: despuebla el rural de sus voces. Donde no hay jóvenes no hay crítica orgánica, no hay renovación vecinal, no hay candidaturas en las conserjerías del monte. El despoblamiento es también un vaciamiento democrático, y esa es quizás su dimensión más grave y menos atendida.
La lengua que se habla en la playa y la que se aprende en casa
El tercer frente es el cultural, y me refiero en particular al estado del idioma. La temporada estival que ahora termina dejó una imagen ambivalente: una Galicia turística que exhibe con orgullo su galleguidad —la toponimia, la gastronomía, el folklore convertido en atractivo— mientras el uso cotidiano del idioma entre los más jóvenes sigue siendo motivo de inquietud para quienes se preocupan genuinamente por su vitalidad. Es una paradoja bien gallega: la lengua como marca de identidad celebrada y, a la vez, como práctica social declinante.
En los últimos tiempos ha resurgido el debate sobre la inmersión lingüística y sobre la presencia del gallego en ámbitos urbanos, con un posicionamiento cada vez más polarizado. Me parece que el error de fondo es tratar la lengua como un asunto de trincheras cuando su salud depende de algo más prosaico: que resulte natural en el comercio, en el ocio, en las redes sociales, en la pareja. Los festivales de música que programan artistas gallegohablantes, el éxito de ciertos contenidos audiovisuales en idioma propio o la normalización del gallego entre colectivos urbanos alternativos apuntan a que la vitalidad posible existe, pero requiere precisamente eso: vitalidad, no solo protección normativa.
Un otoño para decidir el tono
Galicia entra en el otoño con una oportunidad poco frecuente: la convergencia entre necesidad económica (industrializar con valor añadido, aprovechar el viento y el hidrógeno, diversificar más allá de la automoción y del textil), urgencia ambiental y sentimiento identitario. Pero esa convergencia no es automática. Exige una política de territorio que se atreva a decir dónde se pone qué, y por qué; que no conciba el rural como paisaje a preservar ni como apéndice a subvencionar, sino como lugar vivo donde gente real quiere seguir viviendo.
Las semanas que vienen traerán la agenda parlamentaria, los presupuestos, el ruido de la actividad política ordinaria. Vale la pena, desde estas líneas, reclamar que en medio de ese ruido no se pierda lo esencial: que la Galicia que decide su futuro energético sea la misma que decide su futuro demográfico y lingüístico. No son tres problemas; es el mismo problema mirado desde tres ventanas. Y la ventana se cierra, como dice el refrán, cuando nadie la vigila.
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