Galicia en la encrucijada: el país que se vacía mientras se reinventa
La primera semana de noviembre deja a Galicia en un momento de transición silenciosa pero profunda. Mientras el otoño tiñe las rías y los últimos resquicios de la temporada turística se apagan, el país gallego se enfrenta a una paradoja que define su presente: es una tierra que atrae visitantes y nuevos residentes, y que al mismo tiempo pierde el pulso vital de sus aldeas interiores. Este análisis no pretende ofrecer cifras —no sería honesto hacerlo sin fuentes verificadas— sino dibujar las tensiones de fondo que estructuran la Galicia de este arranque de otoño.
La España vaciada también tiene nombre gallego
El despoblamiento del rural gallego es probablemente la cuestión estructural más grave a la que se enfrenta la comunidad, y sin embargo es la que menos protagonismo ocupa en el debate público cotidiano. No se trata solo de que las aldeas pierdan habitantes; se trata de que pierden capacidad de reproducirse socialmente. Escuelas que cierran, servicios que se concentran en las ciudades, tiendas de ultramarinos que no encuentran relevo generacional. El mapa de la Galicia profunda se está convirtiendo en un mapa de ausencias.
Pero conviene matizar el pesimismo fácil. Galicia vive un fenómeno peculiar: la despoblación del interior convive con un retorno de emigrantes y sus descendientes, y con la llegada de trabajadores de otras partes de España y del extranjero que eligen el litoral y las áreas urbanas. El problema no es tanto la falta de gente como la descoordinación territorial: la Galicia que recibe y la que se vacía son casi dos países distintos. Mientras Vigo, A Coruña o Santiago vibran con una vida económica y cultural notablemente intensa, buena parte de las comarcas del interior —las marcadas por la llamadas «Terra Chá», O Carballiño o zonas de Ourense— envejecen a un ritmo que ningún plan de ruralidade parece capaz de frenar.
En mi opinión, el error de fondo ha sido tratar la despoblación como un problema de infraestructuras o de subsidios, cuando es ante todo un problema de proyecto de vida. Mientras el empleo cualificado, los servicios y las expectativas se concentren en el eje atlántico, cualquier medida paliativa será insuficiente. Lo que falta no es tanto dinero como una apuesta seria por el territorio disperso: teletrabajo de calidad, industria alimentaria con valor añadido, y sobre todo la recuperación del orgullo de vivir la aldea sin sentirse en el margen de la historia.
El mar como porvenir: entre la tradición y la reconversión
El segundo gran eje de análisis es la economía productiva gallega, y en particular el binomio mar-industria. El sector primario sigue siendo identidad y sustento, pero atraviesa tensiones evidentes. La pesca artesanal envejece sin relevo generacional; la acuicultura del mexillón, orgullo de las rías, se enfrenta a episodios recurrentes de cierres por fitoplancton tóxico que revelan la fragilidad del ecosistema y quizá el impacto del cambio climático en las aguas gallegas. Los problemas que antaño eran excepcionales empiezan a parecer estructurales, y eso debe preocupar a cualquiera que mire el mar como recurso de futuro.
La industria naval de Ferrolterra, por su parte, vive un momento ambivalente. La apuesta por la construcción naval de defensa y por las energías marinas eólicas abre expectativas de un nuevo ciclo industrial, pero también genera dudas legítimas: ¿qué modelo de empleo genera? ¿Beneficia al territorio o se limita a instalarse en él? La experiencia histórica gallega con los grandes polos de desarrollo invita a la cautela. La dependencia de un solo sector, por pujante que sea, nunca fue buena noticia para una economía madura. El eólico marino puede ser una oportunidad histórica, o puede ser una nueva forma de extrativismo si las comunidades costeras no participan en el valor generado.
Fuego, monte y la deuda con el territorio
No se puede analizar la Galicia de este otoño sin hablar del monte. Aunque los grandes incendios de verano hayan quedado atrás en el calendario, la cicatriz permanece en el paisaje y en la conciencia colectiva. La crisis de los incendios forestales ha dejado una lección incómoda: el abandono del monte, consecuencia directa de la despoblación, convierte cada parcela sin gestionar en una trampa esperando una chispa, sea accidental o intencionada. Demografía y medio ambiente no son dos temas separados en Galicia; son la misma cuestión con dos caras.
La reflexión necesaria pasa por repensar la propiedad forestal, fragmentada y minifundista, y por construir una economía del monte que haga rentable su gestión: biomasa, madera certificada, ganadería extensiva, tal vez servicios ambientales. Experiencias de montes vecinales en man común demuestran que otra gestión es posible cuando existe organización comunitaria. Pero requieren impulso público sostenido, no declaraciones de intenciones estacionales cuando arde el monte y las Televisiones apuntan sus cámaras. En esto, la Xunta tiene una deuda pendiente que trasciende a los gobiernos concretos: hace décadas que Galicia necesita una política forestal de Estado autonómico, seria y de largo plazo.
La lengua y la cultura: el sentimiento que resiste
Querría terminar con una nota que equilibra el balance. Pese a todas las tensiones materiales, la Galicia cultural vive un momento de notable vitalidad. La música gallega cruza fronteras, la literatura en galego mantiene un público fiel y los festivales de verano han consolidado una escena que proyecta la marca Galicia hacia fuera con naturalidad y modernidad. El gallego, aunque retroceda en algunos usos formales y en las ciudades, conserva una base social que ningún otro territorio lingüístico minorizado de Europa envidiaría.
Ahí reside, quizá, la clave del futuro: Galicia tiene activos —mar, paisaje, cultura, diáspora, calidad de vida— que pocos territorios europeos pueden exhibir. Lo que le falta es coherencia para articularlos en un proyecto común que reconcilie el litoral próspero con el interior vaciado, la industria emergente con la tradición pesquera, el monte abandonado con la economía del mañana. Esa reconciliación no se decreta desde el capital político ni desde San Caetano: se construye con años de políticas sostenidas y de acuerdo social básico.
La semana que deja Galicia en este noviembre no trae grandes titulares, pero sí la oportunidad de mirar de frente estas tensiones de fondo. El país gallego ha sobrevivido a la emigración masiva, a la posguerra y al abandono institucional; tiene demostrada una capacidad de resiliencia excepcional. La pregunta no es si podrá con los desafíos del despoblamiento y la transición ecológica, sino si sus élites políticas y económicas estarán a la altura de una sociedad que, en el fondo, ya sabe lo que le falta.
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