Galicia entre dos orillas: el país que se vacía y el país que se reinventa
La última semana de octubre de 2026 encuentra a Galicia, como tantas otras, mirándose en un espejo doble. Por un lado, el relato de una comunidad que se moderniza: aerogeneradores que salpican las sierras, faros industriales de conservas y moda que exportan marca Galicia al mundo, un turismo costero que ya no entiende de temporadas bajas. Por otro, la realidad silenciosa de las aldeas del interior, donde el silencio avanza más rápido que los vecinos. Entre esas dos orillas se juega el verdadero debate gallego de fondo, que no es económico ni demográfico, sino existencial: qué Galicia queremos que siga existiendo.
El mar como promesa y como tensión
Pocas veces la cuestión naval ha estado tan presente en la conversación pública gallega. Las rías de Ferrol y Vigo, con sus astilleros y su industria auxiliar, viven un momento de aparente euforia vinculada a la construcción naval civil y a los proyectos ligados a la defensa y la energética marina. El optimismo es comprensible y, en parte, merecido: hay cartera de trabajo, hay oficio, hay una fuerza laboral heredera de generaciones de metalúrgicos y caldereros que no tiene precio en el mercado.
Pero el análisis serio obliga a mirar más allá del presente. El sector naval gallego ha vivido históricamente a caballo entre la dependencia de decisiones políticas lejanas —contratos estatales, europeos, militares— y la vulnerabilidad de los ciclos internacionales. La pregunta que pocos se hacen con honestidad es si esta bonanza es estructural o coyuntural. Si es lo segundo, Galicia volverá a conocer el fantasma de los expedientes de regulación que marcaron tantas familias en los años ochenta y noventa. La lección de la historia gallega es clara: cuando el mar deja de dar, la comunidad entera tiembla. Diversificar, industrializar en torno al conocimiento, no sería renunciar a la identidad marítima, sino protegerla.
En paralelo, el sector primario vive sus propias contradicciones. El marisqueo y la pesca artesanal, emblemas de la galleguidad, sufren una crisis de relevo generacional que nadie sabe resolver: los hijos y nietos de mariscadores no quieren la vida de sus padres, y el mar se queda sin manos jóvenes. Mientras tanto, la lentísima tramación de las renovaciones de permisos de pesca y las tensiones en las cofradías revelan un modelo que necesita reformarse sin perder su alma cooperativa, que es precisamente lo que lo distingue de la pesca industrial de otros puertos europeos.
La España vaciada también habla gallego
Si hay un tema que define la década en Galicia es el demográfico, y conviene decirlo sin eufemismos: el interior gallego está desapareciendo. No como metáfora literaria, sino como proceso físico observable en cualquier pueblo de Ourense o de Lugo, donde las casas cerradas, los campos abandonados y la edad media de los vecinos cuentan una historia que ningún rótulo oficial necesita confirmar.
Este otoño de 2026, el fenómeno adquiere una nueva dimensión con el auge de los teletrabajadores y neorrurales que buscan en la Galicia interior vivienda asequible y calidad de vida. Es una oportunidad real, pero también un riesgo: si la llegada de nuevos pobladores no va acompañada de servicios —sanidad, transporte, conectividad, escuelas—, el fenómeno se limitará a unas comarcas concretas y dejará el resto del país vaciado exactamente donde estaba. La repoblación no se decreta; se construye con servicios. Un pueblo sin médico ni autobús no retiene a nadie, ni gallego ni forastero.
Hay además una paradoja incómoda: buena parte del dinero que sostiene la Galicia rural proviene de las pensiones y de las remesas de la diáspora. Es decir, el territorio se mantiene demográficamente con población que envejece y con capital que viene de fuera. Es una economía de herencia, no de proyecto. Mientras la Galicia urbana del eje A Coruña-Vigo discute sobre vivienda y congestión, la Galicia interior discute, más sencillamente, sobre si existirá. Las dos conversaciones apenas se cruzan, y esa incomunicación entre las dos Galicias es quizás el mayor fracaso colectivo de las últimas décadas.
Fuego, viento y la deuda ambiental
El otoño gallego llega, como cada año, con la memoria de los incendios aún fresca. Y aquí el análisis no puede ser superficial. Los fuegos de Galicia no son fenómenos naturales: son la consecuencia directa del abandono del monte. Cuando la gente se va, el monte se descuida; cuando el monte se descuida, crece el matorral; cuando crece el matorral, el fuego encuentra combustible abundante y continuo. La despoblación y los incendios no son dos problemas: son el mismo problema visto desde dos ángulos.
A ello se suma una tensión creciente en torno a las energías renovables. Galicia, tierra de viento y de agua, es una candidata natural para liderar la transición energética, y los proyectos eólicos y fotovoltaicos se multiplican por montes y valles. Pero en muchos concellos la oposición vecinal se ha radicalizado, y no siempre por razones irracionales. Existe una sensación extendida de que el monte comunal —una de las pocas formas de propiedad colectiva que sobrevivió al siglo XX— se está convirtiendo en negocio de grandes empresas sin que las comunidades locales reciban ni beneficios ni capacidad de decisión. La transición ecológica que no reparte soberanía está abocada al conflicto. Si la Xunta y las empresas quieren legitimidad social, deberán repensar el modelo: más participación, más beneficio local, menos imposición desde el despacho.
Conclusión: gobernar la complejidad
Galicia tiene hoy una oportunidad histórica que no debe desaprovecharse por inercia. La bonanza naval puede convertirse en base industrial duradera si se apuesta por innovación y cualificación. La llegada de nuevos pobladores puede revitalizar el interior si se acompaña de servicios públicos valientes. El potencial renovable puede ser motor de desarrollo si se diseña con las comunidades y no contra ellas. Y la cultura gallega —la lengua, el patrimonio, una vida festiva y asociativa extraordinariamente viva— puede ser el pegamento que sostenga todo lo demás, porque sin comunidad no hay territorio que merezca la pena habitar.
El riesgo es el de siempre: gestionar las urgencias sin atender las tendencias de fondo, maquillar el presente mientras el país se vacía por dentro. Galicia no necesita tanto dinero como criterio; no necesita tanto anuncio como proyecto compartido. Las dos orillas —la que crece y la que se apaga— deben dejar de darse la espalda. Ese es, a mi juicio, el verdadero deber de esta década.
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