En una tienda de Sigüeiro, empleados enfundados en un atuendo diseñado por Cruz Roja y promovido por Vegalsa‑Eroski recorrieron la panadería, la pescadería y la frutería como si tuvieran ochenta años. La experiencia —parte del programa de formación de la cadena de supermercados Autoservicios Familia— busca hacer tangible lo que muchas políticas y folletos defienden: la atención a las personas mayores necesita entrenamiento práctico, no solo buenas intenciones.
La experiencia: sentir la edad en primera persona
El traje simula pérdida de movilidad, problemas sensoriales y otros achaques asociados al envejecimiento. Añade peso al cuerpo, incorpora zonas punzantes que mimetizan dolores articulares, gafas y parches para reducir la visión y guantes que dificultan la manipulación de monedas o envases. Con ese conjunto, los trabajadores ejecutaron una compra completa; la prueba incluyó subir a un estante alto, agacharse para recoger un producto del suelo y buscar efectivo en la cartera, acciones cotidianas que se convierten en pequeñas odiseas cuando el cuerpo no responde con la rapidez o la destreza de antes.
«En Vegalsa‑Eroski seguimos trabajando para que nuestras tiendas sean espacios cercanos e inclusivos para todas las personas», dijo Marta Santos, representante del área de Cliente. La responsable subrayó que el programa se extiende por la red de Autoservicios Familia para «mejorar la atención a nuestros clientes de 65 años y más junto a Cruz Roja». Por su parte, Trini de Lorenzo Otero, responsable de proyectos de la Unidad de Innovación de Cruz Roja en Galicia, definió los supermercados de proximidad como «espacios esenciales en la vida cotidiana de muchas personas mayores» y defendió la formación desde la experiencia como herramienta para combatir el edadismo.
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Conoce más →«Con este traje, una persona de mediana edad puede experimentar las dificultades que afronta un mayor en su día a día; es como si de repente pasases a tener 80 años de golpe».
La frase resume la intención del ejercicio: provocar empatía operativa. Entre los trabajadores que probaron el dispositivo en el establecimiento de Sigüeiro estuvo Isa Vázquez, quien confesó que «la verdad es que me sentí en el aire cuando me lo quité», aludiendo al alivio físico tras la experiencia. No fue una anécdota aislada: la iniciativa cuenta con dos trajes que rotan entre los empleados para multiplicar el efecto formativo.
Antecedentes y marco: del decálogo a la calle
El proyecto encaja con las recomendaciones del Decálogo de Buenas Prácticas de Atención a Personas Mayores que Vegalsa‑Eroski aplica entre su personal y que ha contado con el apoyo académico de la Cátedra Cruz Roja USC. Ese decálogo recoge pautas sobre accesibilidad, comunicación y respeto que muchas veces quedan en la teoría. La innovación de trasladarlas al mostrador es que confronta al trabajador con la realidad física y cognitiva del cliente mayor, lo que suele ser más efectivo para cambiar hábitos que una sesión teórica.
En Galicia, donde el envejecimiento demográfico es palpable —desde los pueblos del interior hasta la periferia urbana compostelana— los supermercados de barrio juegan un papel social: no solo son puntos de compra, también centros de relación, primera atención y, en ocasiones, vigilantes de soledad no deseada. Por eso, la apuesta por formar al personal de proximidad no es una cuestión cosmética sino una respuesta práctica a la realidad social local. La colaboración entre una empresa con fuerte implantación regional y una ONG que conoce el terreno crea una sinergia rara vez vista en campañas de responsabilidad corporativa convencionales.
Además, el proyecto se nutre de evidencia: el citado estudio impulsado por la Cátedra Cruz Roja USC detectó barreras concretas en las compras de personas mayores con patologías crónicas como la hemiparesia o el EPOC, citadas expresamente en la jornada de Sigüeiro. Combinar esa investigación con una experiencia sensorial permite afinar medidas sencillas de adaptación en tienda: desde reorganizar estanterías a mejorar la señalización o flexibilizar el tiempo en caja.
Repercusiones prácticas y próximos pasos
La iniciativa ya ha dejado aprendizajes concretos. Los empleados constataron que la colocación de productos en estanterías altas penaliza a quienes no pueden levantar los brazos; que la falta de iluminación o contrastes dificulta la lectura de precios; y que las colas largas y el sistema de pago penalizan a quien tarda más en localizar el dinero. Son pequeños ajustes, muchos de ellos de bajo coste, que pueden mejorar de forma inmediata la experiencia de compra para un segmento que representa un porcentaje creciente de la clientela.
Vegalsa‑Eroski y Cruz Roja anuncian ahora la intención de ampliar la formación a más tiendas de la red y de elaborar materiales formativos a partir de las sensaciones registradas durante las sesiones. A medio plazo, la voluntad es integrar estas adaptaciones en la rutina de la cadena: rotación de productos accesibles, tiempo de atención preferente en caja en ciertas franjas y protocolos de comunicación para situaciones de vulnerabilidad. La idea es que no queden en un proyecto piloto, sino que se conviertan en prácticas normalizadas.
Desde la óptica municipal, el proyecto también abre una puerta para que ayuntamientos y centros de salud locales colaboren con supermercados de proximidad. En concellos como Oroso, donde la tienda de Sigüeiro actúa como balcón de barrio, ese tipo de alianzas pueden servir para detectar casos de soledad, problemas de accesibilidad en el entorno inmediato o necesidades de transporte para personas con movilidad reducida.
Si algo revela la prueba del traje es que la lucha contra el edadismo no es sólo una batalla cultural: pasa por diseño de espacios, por protocolos de atención y por empatía práctica. La lección que trae Sigüeiro es sencilla y de aplicación inmediata: cuando un trabajador prueba lo que vive su cliente, cambia su manera de atenderlo. Habrá que ver si esa experiencia se transforma en medidas concretas y sostenibles y si otras cadenas y servicios aprovechan la enseñanza. Mientras tanto, en un país donde las cifras del envejecimiento no dejan de crecer, iniciativas como esta doblan la apuesta: no solo por una atención más humana, sino por una sociedad que entiende la vejez antes de que ésta le sorprenda.
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