Un modelo de inteligencia artificial capaz de tomar decisiones sin intervención humana alguna acaba de ver la luz, y el debate no se ha hecho esperar. Mientras los expertos discuten en foros internacionales sobre los límites éticos de estas máquinas autónomas, aquí en la terra muchos se preguntan algo más prosaico: ¿qué significa esto para quien trabaja en una conserva de Marín o en un taller textil de O Carballiño?
Lo cierto es que el nuevo modelo promete ejecutar tareas completas de principio a fin, desde planificar hasta corregir sus propios errores. Sus creadores lo venden como un salto productivo sin precedentes. Ahora bien, esa autonomía total es precisamente lo que despierta recelos entre sindicatos y organizaciones de trabajadores, que ven en ella una amenaza directa al empleo cualificado.
El pulso textil y conservero, a la vista
Galicia tiene una economía que no puede darse el lujo de mirar hacia otro lado. El sector textil concentra en Galicia a más de 17.000 trabajadores, con epicentro en la provincia de Ourense y en el corredor A Coruña-Santiago, y es de los más expuestos a la automatización según los análisis europeos. De hecho, buena parte de sus tareas ya se digitalizó en las últimas décadas, así que el margen de la IA autónoma para sustituir funciones humanas es considerable.
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Conoce más →En las conservas, la pesca y la acuicultura, que emplean a decenas de miles de personas entre mar y fábrica, la situación es distinta. Son oficios con una componente física y de criterio humano que, por ahora, una máquina difícilmente replicará. Cabe recordar que la flota gallega es la más importante del Estado, y que el trabajo en cubierta o en la línea de envasado sigue resistiéndose a la robotización completa.
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Buscar dominio →«La pregunta no es si la inteligencia artificial llegará a nuestras fábricas, sino quién decidirá cómo y para qué se usa», asegura un responsable comarcal de un sindicato del textil ourensano.
Startups coruñesas y viguesas: la otra cara
Ahora bien, no todo son sombras. En A Coruña y Vigo ha florecido en los últimos años un ecosistema tecnológico que mira a la IA como oportunidad y no como condena. Galicia supera ya el millar de empresas tecnológicas, muchas de ellas pequeñas startups vinculadas al sector naval, la logística o el turismo, y varias trabajan precisamente en aplicar la IA a procesos industriales tradicionales.
El tejido empresarial gallego, dominado por pymes —representan cerca del 95 % del total—, tiene un reto añadido: la digitalización llegó tarde y con cuentagotas a muchas de ellas. Que un modelo autónomo de última generación esté disponible no garantiza que una conserva de las Rías Bajas pueda incorporarlo. Falta talento, falta inversión y, sobre todo, falta acompañamiento.
La Xunta ha puesto en marcha programas de capacitación digital dirigidos a trabajadores de sectores tradicionales, con cifras modestas si se comparan con la magnitud del reto. Un 12 % de las empresas gallegas utiliza alguna herramienta de inteligencia artificial en su día a día, tres veces menos que en las grandes corporaciones del Estado. Esa brecha será el verdadero campo de batalla de los próximos años, más que el propio avance tecnológico.
Regular antes de que sea tarde
El debate sobre la autonomía total de estos modelos toca a Galicia de manera peculiar, porque aquí conviven dos economías: la industrial tradicional, envejecida y a menudo desprotegida, y una naciente economía digital con talento young y ambición. El riesgo es que la primera sufra el impacto de la automatización sin haberse preparado, mientras la segunda capitaliza las ganancias.
Hay morriña tecnológica, sí, pero también hay retranca, esa capacidad gallega de buscar el ángulo que otros no ven. Y el ángulo, en este caso, puede estar en especializar la IA en los sectores donde la terra es fuerte: oceanografía, pesca sostenible, gestión de flotas o diseño textil. No todo es sustituir personas; también se trata de darles mejores herramientas.
Los próximos meses dirán si el modelo autónomo es una revolución o una exageración de marketing. Mientras tanto, trabajadores y empresarios gallegos harían bien en no quedarse de brazos cruzados. El futuro no avisa cuando llega, aunque de vez en cuando lanza algún que otro aviso por bandera.
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