O GROVE — La navegación a vela ha dejado de ser, en la comarca de O Salnés, un recuerdo de viejos cuadernos de bitácora para convertirse en una realidad viva que gana adeptos cada verano. Lo que comenzó como una iniciativa puntual ha terminado por demostrar que las embarcaciones tradicionales tienen mucho que decir en pleno siglo XXI.
La alianza entre el Náutico de San Vicente y la Asociación Amigos da Dorna Meca ha dado como fruto un programa estival pionero que acerca la navegación a vela a quienes nunca habían tenido contacto con ella. No es un detalle menor: hablamos de una escuela sobre el agua donde el viento sigue siendo el único motor.
Un pasado que pesa y enseña
Conviene recordar que estas aguas fueron testigos de una forma de vida durísima. En la playa de A Lanzada, el mal tiempo acabó bautizando el arenal por las embarcaciones que allí buscaban refugio cuando el oleaje y el viento se ponían en contra. No había motores entonces —llegarían bien entrada la década de los cincuenta— y la vida del marinero dependía de su destreza con las velas y de su resistencia física.
Pero la historia no se entiende sin ellas. Las mujeres de la zona acudían a la playa cuando los barcos recalaban, cargando con sus característicos cestos sobre la cabeza —esas piezas tradicionales que forman parte del imaginario gallego— y caminaban decenas de kilómetros a localidades cercanas como Castrelo o Meaño para vender el pescado. También llevaban a los hombres comida y ropa limpia. Todo ese esfuerzo, toda esa cadena de trabajo, sostenía una economía que dependía del mar y de la vela.
Ahí está la clave de lo que ocurre hoy en O Grove: quienes ahora aprenden a navegar a vela lo hacen sobre un legado que levantó pueblos enteros. La frase que da título a esta corriente —«as dornas levantaron pobos»— no es una metáfora vacía. Es la constatación de que la tradición tiene valor y de que recuperarla es también una forma de honrar a quienes la hicieron posible.
La iniciativa que une pasado y presente
Lo cierto es que la propuesta estival ha logrado algo que parecía difícil: reunir a navegantes de distintas edades y procedencias en torno a un objetivo común. Las jornadas organizadas por el Náutico de San Vicente y la asociación Amigos da Dorna Meca han conseguido llenar de velas una bahía que durante décadas había quedado reservada a las embarcaciones a motor.
Un grupo de navegantes compartió travesía con la tripulación de la asociación, en una imagen que resume perfectamente el espíritu de la iniciativa: veteranos que conocen cada cabo y cada nudo, junto a novatos que descubren por primera vez la sensación de gobernar una embarcación impulsada únicamente por el viento. Demasiado tiempo llevaba esta enseñanza sin transmitirse.
La elección de las dornas no es casual. Estas embarcaciones, de profunda raigambre en las Rías Baixas, representan la esencia de una manera de entender el mar que estuvo a punto de perderse. Su recuperación no es solo una cuestión patrimonial; es también una apuesta por un modelo de navegación más sostenible y más conectado con el entorno.
Un verano que deja huella
La acogida ha superado las expectativas de los organizadores. A nadie se le escapa que el verano en la comarca de O Salnés es sinónimo de turismo, pero esta propuesta ha ido más allá del mero entretenimiento estacional. Quienes se han acercado a las jornadas han encontrado algo más que un curso de vela: han descubierto una forma de entender el mar, su historia y sus gentes.
Las cifras de participación y el ambiente generado en torno a las actividades apuntan a que la iniciativa tiene recorrido. No parece casualidad que sea precisamente en O Grove, con esa playa de A Lanzada como testigo mudo de tantas historias de esfuerzo, donde la vela tradicional haya encontrado su mejor altavoz.
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