La modernización del tejido productivo gallego avanza a paso firme, pero el precio es alto para quienes no logran subirse a la ola. Decenas de pequeños comercios, talleres y bares de toda Galicia afrontan un futuro incierto, superados por cambios económicos y tecnológicos que parecen no tener marcha atrás. El mapa empresarial local se transforma y, con él, la vida de barrios y parroquias.
Una carrera desigual en el corazón gallego
Quien camina hoy por la Rúa Nova de Santiago o por el centro de Vilalba lo nota enseguida: escaparates vacíos, persianas bajadas, carteles de “se alquila” donde antes había vida. La modernización, impulsada por la digitalización y la globalización de los mercados, ha traído nuevas oportunidades para algunos; para otros, la sensación de quedarse atrás. «Muchos negocios de toda la vida no pueden competir en precio ni en tecnología», explica un responsable del sector comercial local, que recuerda cómo hace apenas una década las tiendas de ultramarinos y los pequeños talleres mecánicos dominaban el paisaje. Demasiado tiempo, quizá, sin mirar hacia fuera.
Los datos del Instituto Galego de Estatística son claros: en la última década, Galicia ha perdido más de 6.000 pequeños negocios, sobre todo en sectores tradicionales. La cifra habla por sí sola. Mientras tanto, las grandes cadenas y el comercio online se extienden incluso en concellos pequeños, reconfigurando el consumo y acelerando el cierre de negocios familiares.
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Conoce más →Tecnología y normativa: dos muros difíciles de saltar
No es solo cuestión de competencia. La adaptación tecnológica se convierte en una barrera insalvable para buena parte del tejido productivo. Un alto cargo municipal de la comarca de O Salnés reconoce que la digitalización y la burocracia han dejado fuera de juego a muchos autónomos de más de 50 años. «Quien no tiene página web o no sabe manejar las redes sociales, lo tiene cada vez más difícil», comenta, aludiendo a las ayudas públicas que, a menudo, terminan en manos de quienes ya tienen recursos para modernizarse.
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Hosting WordPress →Las nuevas exigencias en materia de facturación electrónica, la necesidad de invertir en terminales de pago modernos o la obligación de adaptarse a normativas de protección de datos han supuesto gastos y complicaciones añadidas. Basta con mirar el cierre de varias ferreterías y zapaterías históricas en Ourense en los últimos meses para entender que no se trata de casos aislados. Pocas veces una ola de innovación había resultado tan selectiva.
El pulso rural y la despoblación: doble castigo
El fenómeno se agrava en la Galicia interior y rural. Allí, donde la despoblación avanza y el relevo generacional es una quimera, la transformación del tejido productivo actúa como un torniquete. En aldeas de la Terra Chá o la montaña lucense, las panaderías cierran porque no hay hijos que quieran seguir el negocio. Los bares de pueblo resisten malamente el envite de las nuevas fórmulas de ocio y las restricciones derivadas de la pandemia. Un vecino de la zona de Chantada lo resume con ironía: «Ahora hay que pedir el pan por internet». No parece casualidad que los pocos negocios que abren sean regentados por forasteros o se dediquen a nichos muy concretos, como el turismo rural.
Las administraciones, conscientes del problema, han lanzado diferentes programas de apoyo y digitalización, pero los resultados tardan en llegar. «La ayuda no siempre va donde más se necesita», admiten fuentes municipales. El envejecimiento de la población activa y la falta de formación específica agravan un panorama en el que la brecha digital se convierte en un abismo generacional.
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