Vecinos de Ourense han recuperado y reforzado sus huertas familiares como respuesta inmediata al encarecimiento de los alimentos provocado por las tensiones en el estrecho de Ormuz. Desde Montealegre hasta San Cibrao das Viñas, familias y pequeños grupos de vecinos trabajan parcelas para autoconsumo desde finales de 2025 y a lo largo de 2026, buscando alivio económico, productos más saludables y una cierta autonomía frente a la volatilidad de los mercados. La experiencia local combina tradición agraria y una estrategia práctica frente a la crisis, según cuentan quienes cultivan la tierra. El resultado, apuntan, es tanto material como comunitario: ahorro en la cesta y refuerzo de lazos vecinales.
Para muchos hortelanos, la decisión no es nueva pero sí adquiere ahora mayor urgencia. Según Bieito, que cultiva junto a su esposa en Montealegre, la huerta familiar permite un ahorro significativo que se destina a comprar alimentos que no cultivan, como carnes o lácteos; estima que pueden ahorrar hasta 200 euros al mes gracias a su producción. El trabajo en la huerta exige tiempo y cuidados —arado, riego y abonado—, pero quienes lo practican subrayan que el esfuerzo se traduce en productos de mejor calidad y en una reducción palpable de la factura del supermercado.
La calidad es, para muchos, el valor más apreciado. Filomena Fernández, de Mariñamansa, cultiva berzas, remolachas, coles y zanahorias y destaca que la frescura y el sabor compensan cualquier sacrificio. Para ella la huerta también tiene un componente terapéutico: el trabajo con la tierra actúa como descanso mental y ocupa el tiempo de manera saludable, al tiempo que asegura verduras sin aditivos ni tratamientos industriales. Esa combinación de salud física y emocional es recurrente en las conversaciones con hortelanos de distintos núcleos ourensanos.
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Conoce más →La diversificación de actividades en torno a la huerta es otra constante. José Iglesias, de San Cibrao das Viñas, cuenta que además de las hortalizas han incorporado un pequeño estanque donde crían carpas, una iniciativa que responde a la idea de combinar lo útil con lo placentero. Para la familia de José, el huerto ha mejorado tanto la calidad de la alimentación como el bienestar general; el trabajo compartido en la parcela se convierte en un punto de encuentro y aprendizaje intergeneracional. La atención a la salud mental y al ocio activo aparece así como un beneficio difícil de cuantificar pero muy valorado.
No todas las huertas tienen la misma dimensión, pero el impacto económico es evidente incluso en parcelas más modestas. Miguel Ángel, de A Cuña, calcula que su producción le permite ahorrar alrededor de setenta euros al mes, una cifra menor que la de productores más grandes pero igualmente bien recibida en tiempos de alzas continuas de precios. Ese ahorro, explican los horticultores, se traduce en más margen para comprar proteínas, leche o huevos, o en cubrir otros gastos domésticos que la inflación hace más visibles.
El fenómeno no es exclusivo de un barrio o de un pueblo: reflejo de una tradición viva, las huertas han encontrado en la crisis un motivo para expandirse y modernizar prácticas, con rotación de cultivos, uso de abonos orgánicos y riego más eficiente. Organizaciones locales, algún concello y asociaciones vecinales han impulsado charlas, intercambios de semillas y consejos para sacar más rendimiento a pequeñas parcelas, aunque la respuesta principal sigue siendo la iniciativa privada y el trabajo cotidiano de las familias.
Pese a los beneficios, los hortelanos advierten de sus límites: la disponibilidad de tiempo, la estacionalidad de los cultivos y la necesidad de agua condicionan la producción y evitan que la huerta sustituya por completo la compra en el mercado. Sin embargo, los expertos y los propios agricultores coinciden en que el autoconsumo reduce la vulnerabilidad de los hogares ante subidas bruscas de precios y fomenta un consumo más sano y sostenible. En esa línea, las huertas actúan como una red de seguridad local que amortigua en parte las turbulencias externas.
Muchos vecinos esperan que la tendencia se mantenga cuando la coyuntura mejore, porque además de ahorrar ofrece una forma de vida y un patrimonio cultural que merece continuarse. La transmisión de saberes entre generaciones, la cooperación vecinal y las pequeñas iniciativas de apoyo técnico podrían consolidar estas parcelas como un recurso estratégico para la ciudad y la provincia. Mientras tanto, en Ourense la tierra continúa siendo la respuesta tangible de miles de hogares ante una crisis que obliga a buscar soluciones cercanas y sostenibles.
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