Lo cierto es que la política gallega, a veces tan dada al frentismo, ofreció una imagen poco habitual. En el Parlamento de Galicia, y a través de una iniciativa de La Voz de Galicia, se sentaron frente a frente el actual presidente de la Xunta, Alfonso Rueda, y el exmandatario socialista Fernando González Laxe. No fue un debate, sino una conversación reposada sobre el pasado, el presente y, sobre todo, el futuro de la autonomía. Y de ese encuentro emerge una conclusión compartida: Galicia quiere más autogobierno y mira al porvenir con una ambición que, durante décadas, pareció dormida.
La cita, recogida por los periodistas Mario Beramendi y Manuel Varela, sirvió para constatar que, pese a las diferencias ideológicas, existe un consenso de fondo sobre la necesidad de profundizar en el autogobierno. Una Galicia que ha dejado atrás el gris, que ha superado la melancolía del éxodo y que hoy se presenta como una tierra de colores, de bienvenida y de empresas que compiten en el mercado global. Ahí está la clave del relato.
Del «Hai que facelo» a la gestión cotidiana
La conversación entre Rueda y Laxe no se quedó en la anécdota institucional. Ambos repasaron la evolución de la autonomía desde sus inicios, cuando el espíritu del «Hai que facelo» impulsó las primeras transferencias y la construcción del país. González Laxe, que fue presidente entre 1987 y 1990, recordó los tiempos en que todo estaba por hacer. Rueda, por su parte, puso el acento en la gestión diaria, en la necesidad de administrar con eficacia los recursos propios y de exigir en Madrid lo que corresponde.
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Conoce más →No es menor el dato de que ambos coincidieran en señalar que el techo competencial actual no es suficiente. La financiación autonómica, la gestión de los puertos, la política industrial o el control de los recursos naturales son aspectos que, a juicio de los dos líderes, requieren de un mayor margen de maniobra. Demasiado tiempo perdido en reivindicaciones que no siempre encontraron eco en la capital del Estado.
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Buscar dominio →La imagen de Rueda y Laxe dándose la mano delante de un cuadro de Lugrís en la Cámara gallega tiene un peso simbólico innegable. Representa la continuidad de un proyecto colectivo que, más allá de los colores políticos, busca lo mejor para el país. Una postal que, en tiempos de ruido y polarización, resulta casi refrescante.
Una economía que ya no pide permiso
Uno de los puntos centrales del encuentro fue el análisis del tejido productivo gallego. Ya no somos aquella tierra de emigrantes y remesas. Las empresas gallegas, desde el textil hasta la automoción, pasando por la alimentación o la tecnología, han logrado posicionarse en mercados internacionales. La ambición de la que hablan Rueda y Laxe no es una declaración de intenciones vacía; se sostiene sobre balances, exportaciones y empleo.
A nadie se le escapa que el contexto global es complejo. La incertidumbre geopolítica, la inflación o la crisis energética son retos que cualquier economía debe afrontar. Pero Galicia, según se desprende de la conversación, ha aprendido a jugar en las grandes ligas. Y lo ha hecho sin perder su identidad, sin renunciar a su lengua ni a su cultura. La clave, quizá, esté en ese equilibrio entre la apertura al mundo y el arraigo en lo propio.
El futuro, sin embargo, no está escrito. Los dos presidentes coincidieron en que la próxima década será decisiva. La llegada de fondos europeos, la transición ecológica o la digitalización son oportunidades que no se pueden desperdiciar. Y para aprovecharlas, se necesita un autogobierno fuerte, con capacidad de decisión y con una voz clara en Bruselas y en Madrid.
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