Centenares de jóvenes y curiosos se congregaron hace tres semanas en los jardines de Méndez Núñez y en la plaza de María Pita en A Coruña tras viralizarse en redes sociales la presencia de personas que se identifican con animales, conocidos como therians. La convocatoria, que tuvo su momento álgido el 28 de febrero cuando apenas una persona vinculada a ese colectivo acudió a la quedada en María Pita, desató mofas y debates públicos que ya han perdido intensidad, aunque dejan preguntas sobre diversidad y salud mental. La psicóloga coruñesa Alejandra Sierra pide prudencia y subraya que no todo comportamiento minoritario constituye una enfermedad. Expertos y familias buscan ahora cómo abordar el fenómeno entre adolescentes sin estigmatizar.
El revuelo comenzó en redes sociales, donde fotografías y vídeos de grupos que se autodenominan therians circularon con rapidez y generaron expectación entre estudiantes y curiosos. La llegada masiva de gente a espacios céntricos de la ciudad se alimentó de la viralidad y de la tendencia a convertir lo excepcional en espectáculo. Sin embargo, fuentes consultadas insisten en que el interés mediático sobredimensionó la realidad: en A Coruña solo hubo una aparición confirmada en la cita de María Pita y ninguna organización formal detrás de las reuniones.
Para entender el fenómeno es necesario distinguir entre identificación simbólica y enfermedad. Según la psicóloga, muchas personas que se reconocen como therians lo hacen desde una identificación metafórica o cultural con un animal, un proceso que suele manifestarse en la adolescencia, una etapa de exploración identitaria. No es un fenómeno nuevo: comunidades en internet relacionadas con esta autopercepción ya existían desde los años noventa, pero han permanecido en la periferia pública hasta su reciente explosión mediática.
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Conoce más →Alejandra Sierra advierte de que la línea entre peculiaridad y patología se traza por el impacto en la vida cotidiana. Si la persona mantiene la noción de que no es un animal y sus relaciones, estudios o trabajo no se ven deteriorados de forma significativa, la conducta no encaja en criterios clínicos de enfermedad mental. En cambio, cuando aparecen delirios, falta de conciencia o un deterioro funcional acusado, la intervención profesional sí sería pertinente.
La especialista también puso el foco en el contexto social en el que surgen estas polémicas: una escena pública tensionada donde la desinformación y el sensacionalismo amplifican la reacción. En las últimas semanas, asegura, se han reutilizado mitos y bulos para sembrar dudas y alimentar el rechazo hacia formas de expresión que escapan a la norma. Ese proceso, añade, puede agravar el estigma hacia jóvenes que atraviesan procesos de identidad complejos.
Ante padres y educadores preocupados por adolescentes que muestran estas identificaciones, los profesionales recomiendan una aproximación dialogante y sin alarmismos. Escuchar, mantener espacios de confianza y observar si hay cambios significativos en el rendimiento escolar, el sueño o las relaciones sociales son pasos iniciales. En caso de señales de malestar psicológico marcado, los expertos aconsejan consultar con orientación escolar o un profesional de la salud mental para evaluar la necesidad de apoyo.
En A Coruña, la efervescencia de las redes dejó imágenes de grupos reunidos en torno a la Fuente de Méndez Núñez y anécdotas sobre personerías que no llegaron a concretarse. La repercusión mediática contrastó con la realidad de que la mayoría de quienes se identifican así no buscan protagonismo público ni convocatorias multitudinarias; suelen participar en comunidades virtuales o encuentros discretos. Ese desfase entre expectación y práctica real contribuyó a la sensación de controversia inflada.
Al margen de la discusión sobre los therians, especialistas llaman a reflexionar sobre cómo la sociedad responde a expresiones de identidad minoritarias. La hoja de ruta propuesta incluye más información veraz, formación en centros educativos sobre diversidad y menos estigmatización en redes. Para muchos profesionales, la clave es proteger a la adolescencia como un periodo donde se exploran identidades y orientaciones sin convertir cada diferencia en motivo de alarma.
La polémica en A Coruña, pese a su carácter pasajero, ha puesto sobre la mesa debates que trascienden lo anecdótico: la gestión de la viralidad, el papel de los medios y las redes en la construcción de pánicos morales, y la necesidad de respuestas profesionales que combinen comprensión y criterio clínico cuando proceda. Mientras tanto, la ciudad vuelve a la normalidad y la mayoría de voces reclaman prudencia antes que sensacionalismo.
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