En 1926, un decreto-ley cambió para siempre el rostro de los campos gallegos. Oficializó lo que muchos llevaban décadas esperando: la redención de los foros, ese sistema ancestral que ataba a los campesinos a la tierra como si fueran siervos modernos. Cien años después, la herencia de aquella norma —el minifundio— sigue definiendo el paisaje rural, aunque las políticas agrarias hayan intentado lo contrario. ¿Cómo una ley destinada a liberar, se convirtió en el germen de la fragmentación que hoy ahoga la agricultura gallega?
El foro: cuando la tierra era un alquiler eterno
Durante siglos, los campesinos gallegos trabajaban tierras que no eran suyas, pero tampoco libres. El foro era un contrato draconiano: pagabas un censo anual al propietario, a veces en especie, y si dejabas de pagar, perdías todo. No podías vender la parcela, ni heredarla sin permiso, ni siquiera construir una casa sin autorización. La tierra era un bien sagrado para la nobleza y la Iglesia, pero un lastre para quien la trabajaba.
A finales del siglo XIX, las revueltas por los foros sacudieron comarcas enteras. En Ortegal o Terra Chá, los jornaleros quemaban registros y ocupaban fincas. La presión social era insostenible, y el Estado, temeroso de que el descontento derivara en algo más peligroso, buscó una solución. Así nació el decreto de 1926: permitía a los foreros «redimir» su tierra, pagando una cantidad fija para convertirse en dueños absolutos. La medida sonaba a justicia, pero traía consigo un problema de fondo.
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Conoce más →Quien pagaba el rescate obtenía un trozo de tierra, pero la propiedad seguía en manos de quien siempre la había controlado. Así, en lugar de concentrar la tierra en menos manos —como pretendían las élites—, la ley la repartió en migajas. El minifundio, ese mosaico de parcelas diminutas que hoy dibuja los verdes paisajes gallegos, nació de aquel reparto desigual.
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Ver planes de email →Un siglo de parcelas que no caben en un tractor
Hoy, Galicia es un territorio de pequeños propietarios. Según datos de la Consellería de Medio Rural, más del 60% de las explotaciones agrarias tienen menos de cinco hectáreas. En comarcas como O Ribeiro o Valdeorras, no es raro encontrar parcelas de media hectárea separadas por muros de piedra centenarios. «La ley de 1926 no solo no resolvió el problema de la propiedad, sino que lo cronificó», explica un técnico del sector. La estructura actual es un laberinto: para cultivar una hectárea, a veces hay que cruzar cinco fincas distintas.
La fragmentación no es solo un problema de tamaño. Las políticas de reestructuración agraria de los años 60 y 70 intentaron reagrupar tierras, pero chocaron con la resistencia de los propietarios. «La tierra aquí no es solo un medio de producción, es un símbolo de estatus y herencia», apunta un responsable del sector. Así, mientras en otras regiones europeas los agricultores se unían en cooperativas para ganar escala, en Galicia muchos prefirieron mantener sus parcelas, por pequeñas que fueran.
El resultado es una agricultura familiar ahogada por los costes. Un estudio de la Universidade de Santiago señala que el 40% de los ingresos de los pequeños agricultores provienen de subvenciones. Sin ellas, muchos no podrían subsistir. La paradoja es brutal: la ley que liberó la tierra de los foros terminó atrapando a generaciones de gallegos en un sistema que no da para vivir.
Viñedos de Arnoia: el espejo de un modelo en crisis
Los viñedos de Arnoia, en Ourense, son un ejemplo perfecto. En las fotos aéreas de los años 30, ya se veían parcelas diminutas, casi geométricas, delimitadas por muros de piedra. Hoy, esa estructura sigue igual. «Aquí un vecino puede tener una fila de cepas entre dos fincas ajenas», cuenta un viticultor local. La mecanización es imposible en muchos casos, y el rendimiento, bajo. Sin embargo, el vino de la zona —especialmente el mencía— tiene prestigio internacional. ¿Cómo es posible que una tierra tan dividi
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