R pocas veces una calle resume la historia entera de un barrio. En el noreste de Pontevedra, el asfalto y las aceras conviven hoy con los recuerdos de quienes vieron nacer aquella transformación de la nada. Dos hermanas, pertenecientes a una de las primeras familias que echaron raíces en la zona, guardan la memoria viva de un enclave que dejó atrás su pasado rural para erigirse como el área de mayor expansión demográfica y urbana de la ciudad. Su apellido figura hoy en el rótulo de la vía pública, un reconocimiento firme a quienes fueron testigos directos del cambio.
De la Finca de la Abundancia al sonido de los reclusos
A nadie se le escapa que la geografía de A Parda poco o nada tiene que ver con la que existía a mediados del siglo pasado. Por entonces, el paisaje era un inmenso paraje verde. La tierra de cultivo, los caminos de tierra y las fincas señoriales marcaban el ritmo de la vida cotidiana, apenas interrumpido por la imponente silueta de la vieja cárcel de Pontevedra. Era una época marcada por la inmensidad del campo. En esa misma zona destacaba la conocida como Finca de la Abundancia. Las crónicas y la memoria de los vecinos más antiguos detallan que por sus jardines paseaban pavos reales y cisnes nadaban en su lago. La nobleza, representada en la figura de los condes de Bugallal, acudía a este entorno durante los veranos, buscando la frescura y el reposo. Demasiado tiempo ha pasado desde entonces.
Quien creció en aquellas décadas guardaba una relación estrecha con el entorno natural y, paralelamente, con la presencia del penal. Las dos hermanas que hoy presencian la modernidad del barrio se criaron entre huertas. La proximidad del centro penitenciario dejaba anécdotas insospechadas. Cuando iban al colegio, los niños de la época se topaban a menudo con balones artesanales. Los fabricaban los propios reclusos con trozos de ropa y los lanzaban al exterior durante sus partidos de fútbol informal. La solidaridad infantil hacía el resto: los menores recogían aquellos balones improvisados y los devolvían al otro lado del muro. Un contraste físico y social que hoy resulta difícil de imaginar en pleno corazón de la ciudad.
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Ver en Hotels.com → PublicidadLa huella de la artesanía en el asfalto
No es menor el dato de cómo se fue gestando el tejido social y económico de la zona. El patriarca de esta familia recordada en la toponimia local levantó en su día una carpintería de enorme prestigio. El taller trascendió las fronteras de la ciudad, ganando una fama que atravesó generaciones. El oficio de la madera era el motor de muchos hogares en una época en la que la industria artesana tiraba del progreso económico de las familias. Conviene recordar que el desarrollo urbanístico de Pontevedra no llegó de la noche a la mañana. Se cimentó a base de esfuerzo en talleres, huertas y pequeños comercios que plantaron cara a la adversidad. La figura de Rivas Fontán, histórico alcalde de la ciudad, fue determinante en aquellos años de reordenación territorial. De hecho, fue bajo su mandato cuando se decidió bautizar la calle de esta familia con su apellido, eternizando así el paso de los primeros pobladores por el noreste urbano.
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Email con tu dominio, antispam y webmail. Compatible con Outlook y móviles.
Ver planes de email →El barrio de A Parda dejó de ser aquella zona de difícil acceso para convertirse en un foco de oportunidades. La transición desde un suelo eminentemente agrario a un espacio residencial trajo consigo la necesidad de dotar al área de infraestructuras y servicios. Las niñas que recogían castañas en los alrededores de la iglesia vieron cómo, poco a poco, los operarios pavimentaban sus antiguos caminos. La calle Montes se mantiene hoy como una arteria más del inmenso bloque urbanístico que ha absorbido todo el sector nororiental.
Un futuro anclado en el conocimiento
Lo cierto es que el crecimiento de A Parda no ha tocado techo. La evolución del barrio es un proceso vivo y constante. Las antiguas fincas de cultivo y los espacios adyacentes a la vieja cárcel han dejado paso a una de las áreas de mayor…
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