Un silencio extraño se adueñó de las principales arterias de A Coruña. El tráfico desapareció prácticamente por completo, provocando una quietud solo comparable a los peores días de la crisis sanitaria global. La razón de aquel parón colectivo se escondía en el cielo. Más de 225.000 personas, según los datos oficiales, se echaron a las playas, plazas, parques y jardines de la ciudad para ser testigos de un fenómeno astronómico excepcional: el primero de un día con dos anocheceres.
La cita, sin embargo, venía marcada por el histórico y caprichoso binomio gallego entre la climatología y la costa. Las nubes se resistieron a desaparecer, impidiendo que la ciudadanía pudiera contemplar en todo su esplendor el momento culmen del eclipse total de sol desde muchos puntos de la urbe. A nadie se le escapa que la provincia herculina pagó el peaje de sus propias coordenadas meteorológicas, una niebla pertinaz que terminó aguando, de alguna manera, el momento más esperado de la jornada.
Una marea humana entre Riazor y la Torre de Hércules
Pocas veces se había visto un despliegue humano de tal magnitud en las calles coruñesas. Desde primera hora de la tarde, las zonas costeras comenzaron a registrar una afluencia inusual. El arenal de Riazor, el monte de San Pedro y la zona de O Portiño se convirtieron en los grandes miradores improvisados para la ocasión. Allí se dieron cita tanto vecinos locales como un considerable número de turistas internacionales que habían cruzado medio mundo para vivir la experiencia.
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Conoce más →Visitantes llegados desde Estados Unidos, Italia o Inglaterra se mezclaron con los bañistas habituales de un mes de agosto. Lo cierto es que la expectación generada por este fenómeno astronómico convirtió la ciudad en un auténtico crisol de culturas y lenguas, todos unidos por un mismo objetivo: levantar la vista al firmamento. Demasiado tiempo esperando este acontecimiento para que unas nubes pudieran con la ilusión colectiva.
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Ver planes de email →El oscuro que arrancó aplausos en la arena
Aunque la capa nubosa dificultó la visión directa del disco solar oculto tras la luna, la oscuridad logró imponerse de forma contundente. Cuando el momento de totalidad hizo acto de presencia, el cambio de luz fue tan drástico que la reacción del público no se hizo esperar. En la playa de Riazor, el instante de oscuridad total arrancó espontáneos aplausos entre los allí congregados, conscientes de estar presenciando algo mágico a pesar de las cortinas de niebla.
Grupos de jóvenes coruñeses expresaron su asombro ante la inmensidad del momento gritando por el efecto de una noche repentina en plena tarde. La emoción se palpaba en cada rincón de la ciudad. Y es que no es menor el dato de que este eclipse ofrecía la particularidad de ser el primero de un mismo día con dos anocheceres, una anomalía astronómica que quedó grabada en la memoria de quienes se congregaron masivamente en el litoral.
El eco de una jornada histórica
Conviene recordar que la celebración de este tipo de eventos trasciende lo puramente astronómico para convertirse en un termómetro sociológico. La ciudad demostró una capacidad de movilización impresionante. Las comparaciones del momento con los días más duros de la pandemia, debido a la ausencia absoluta de coches en las calles, ilustran a la perfección la magnitud del cónclave urbano. La ciudadanía prefirió aparcar sus rutinas diarias y entregarse en masa al espectáculo celeste.
Apostar por la observación de este eclipse en la costa noroeste peninsular suponía un riesgo evidente. La meteorología gallega es tan bella como impredecible. Aun así, la ciudad acogió a más de dos centenares de miles de personas dispuestas a ignorar las previsiones y reflejarse en la emoción colectiva.
¿Volverá A Coruña a ser el centro de la mirada internacional en futuros fenómenos astronómicos? Si algo quedó demostrado en esta jornada es que la respuesta parece clara: la resp
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