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Acampada en el Obradoiro: la Policía desaloja a un peregrino de los soportales de Raxoi en Santiago

Acampada en el Obradoiro: la Policía desaloja a un peregrino de los soportales d

Una tienda de campaña plantada bajo los soportales del Pazo de Raxoi, a escasos metros de la fachada de la Catedral y de la sede del Concello de Santiago. La imagen habría resultado pintoresca en cualquier otro escenario, pero en la Praza do Obradoiro —corazón geográfico y simbólico de la ciudad— se convirtió este lunes en motivo de intervención policial. La Policía Local procedió al desalojo de un peregrino que había decidido establecer allí su lugar de pernocta, reavivando con su gesto un debate que ni mucho menos es nuevo en la capital gallega.

Verano. Calor. Afluencia turística en plena subida. Y con ello, como ocurre cada temporada, un repunte de comportamientos que rozan lo incívico o lo atraviesan de lleno. La tienda instalada bajo Raxoi es solo el último episodio de una serie que viene repitiéndose con frecuencia creciente en los meses de mayor ocupación. A nadie se le escapa que Santiago vive del peregrino y del visitante. Lo que ya no resulta tan evidente es dónde se sitúa la línea entre la hospitalidad que define a esta ciudad y la permisividad ante actitudes que deterioran un espacio catalogado como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

Raxoi como espejo del conflicto

No es un edificio cualquiera. El Pazo de Raxoi, con su imponente fachada neoclásica presidiendo el flanco occidental de la plaza, aloja desde hace décadas las dependencias municipales y la residencia del alcalde. Que alguien despliegue una tienda de campaña a la puerta misma de la sede institucional tiene algo de provocación, aunque probablemente no fuera esa la intención del peregrino. Quien llega al final del Camino arrastra jornadas de marcha, agotamiento físico y un cansancio que a veces nubla el sentido común. Conviene recordarlo. También conviene recordar que la existencia de albergues, hostales y pensiones en el casco histórico y sus aledaños responde precisamente a esa necesidad de acogida.

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El caso es que las imágenes circularon con rapidez. Una tienda, un saco de dormir, los arcos de Raxoi al fondo y, sobre la cabeza del acampado, la silueta inconfundible del Pórtico da Gloria recién restaurado. Difícil encontrar metáfora más elocuente del choque entre lo sagrado y lo prosaico. Fuentes municipales confirmaron la actuación de la Policía Local, que se limitó a requerir el desalojo sin que, al parecer, se produjeran incidencias mayores. Un trámite rápido. Una anécdota menor en apariencia. Pero también un síntoma.

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El debate que no termina de cerrarse

Porque el asunto de fondo excede con mucho a un peregrino y su tienda. Lo cierto es que el casco histórico compostelano arrastra desde hace años una tensión creciente entre la masificación turística y la vida cotidiana de quienes lo habitan. Las quejas vecinales por ruido, por ocupación de espacios públicos, por comportamientos impropios en lugares de tránsito obligado no son nuevas. Se reproducen cada verano con la regularidad del reloj. Y cada verano reaparece la misma pregunta en boca de comerciantes, hosteleros y residentes: ¿hasta dónde puede llegar la tolerancia antes de que se rompa el equilibrio?

Santiago no es, ni de lejos, el único destino patrimonial que se enfrenta a este tipo de tensiones. La diferencia estriba quizá en su condición de ciudad de peregrinación, que introduce un matiz teológico y cultural del que carecen otros enclaves turísticos. El peregrino no es exactamente un turista, aunque a veces las fronteras entre ambas figuras se difuminan hasta lo irreconocible. El Camino tiene sus reglas no escritas, sus códigos de respeto y de contención. Pero el Camino también se ha masificado, y no todos los que lo recorren llegan a Compostela con el mismo espíritu. Basta con caminar por la zona vieja un sábado de julio para comprobarlo.

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Carmen Dorado

Periodista especializada en cultura y sociedad gallega. Colaboradora habitual en medios digitales del noroeste peninsular.

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