FERROL. El cielo de As Pontes cambió para siempre este miércoles por la tarde. Las cuatro torres de refrigeración de la antigua central térmica, esos gigantes de hormigón que durante décadas fueron el emblema industrial de la comarca, se derrumbaron en una operación que no salió exactamente como estaba prevista, pero que logró su objetivo. Demasiado tiempo llevaban ya en pie, vacías, como esqueletos de un pasado que se resistía a desaparecer.
Bajo el impacto de 425 kilos de explosivos, las construcciones de 99 metros de altura se convirtieron en escombros. La cifra habla por sí sola: la potencia necesaria para tumbar cuatro moles de esa envergadura es equiparable a la de un pequeño terremoto controlado. Vecinos de toda la comarca y visitantes llegados de distintos puntos de Galicia se congregaron en los alrededores para presenciar el momento. Muchos llevaban cámaras, otros solo la memoria de lo que aquellas torres significaron para sus familias.
Una voladura en dos actos
Lo cierto es que el guion escrito por los técnicos de Endesa contemplaba una demolición simultánea, con apenas 1,2 segundos de duración total. Pero la realidad, tozuda, impuso su propio ritmo. A las 16.01 horas, solo dos de las cuatro torres se vinieron abajo. El estruendo fue ensordecedor, una especie de bomba de palenque que retumbó en todo el valle. La gran polvareda se elevó hacia el cielo mientras los presentes contenían la respiración.
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Ver en Hotels.com → PublicidadNadie esperaba la pausa que vino después. Un silencio tenso, de esos que se cortan con un cuchillo. La detonación de las otras dos torres se retrasó prácticamente un cuarto de hora. Según fuentes de la compañía eléctrica, un desfase en las telecomunicaciones provocó el retraso. No es menor el dato: la operación completa, que debía ser un fogonazo, se alargó 14 minutos. A nadie se le escapa que, pese al contratiempo, el resultado fue el esperado. Las cuatro estructuras yacen ahora en el suelo.
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Conviene recordar que la central térmica de As Pontes fue durante años el motor económico de la comarca. Llegó a dar trabajo a miles de personas de forma directa e indirecta. Sus torres de refrigeración, visibles desde kilómetros de distancia, eran la primera imagen que recibía quien se acercaba a la localidad. Un símbolo de progreso que, con el paso del tiempo y la transición energética, se convirtió en un gigante dormido.
La playa del lago, ese curioso espacio de baño que surgió en la antigua corta minera, fue uno de los puntos desde donde muchos siguieron la voladura. Difícil encontrar un lugar mejor para entender la magnitud de lo que estaba ocurriendo. Desde allí, las torres parecían aún más imponentes. Hasta que dejaron de serlo.
La demolición forma parte del plan de desmantelamiento de la central, un proceso que avanza lentamente pero sin pausa. Quienes conocen los detalles del proyecto saben que aún quedan hitos importantes por cumplir. Pero la caída de las torres es, sin duda, el más visual de todos. El más simbólico.
Expectación y memoria colectiva
La expectación fue máxima. No solo entre los vecinos de As Pontes, sino también entre quienes llegaron desde Ferrol, desde la comarca de las Mariñas y desde otros puntos de la provincia. Las redes sociales se llenaron de vídeos y fotografías minutos después de la voladura. Algunos mostraban la nube de polvo avanzando como una ola. Otros, más cercanos, captaban el momento exacto del derrumbe con un temblor en la imagen que denotaba la emoción de quien grababa.
Ahí está la clave: lo que se derrumbó no fue solo hormigón armado. Fue también un pedazo de la historia industrial de Galicia. Un capítulo que se cierra para siempre. Las torres de refrigeración de As Pontes ya no forman parte del paisaje. Queda el recuerdo, las fotografías, los testimonios de quienes trabajaron allí y de quienes crecieron viéndolas desde la ventana de su casa.
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