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As Pontes despide sus torres de refrigeración y queda a solas con su chimenea

As Pontes despide sus torres de refrigeración y queda a solas con su chimenea

Pocas veces una demolición se vive como un funeral. Pero en As Pontes, la caída de las cuatro torres de refrigeración de la antigua central térmica fue exactamente eso: un duelo colectivo con sabor a despedida definitiva. Lo que iba a ser un derribo simultáneo se convirtió en una ceremonia en dos actos, separados por apenas quince minutos, que dejó a la comarca de A Chaira con el paisaje mutilado y una única protagonista en pie: la gran chimenea, ahora más sola que nunca.

La operación, prevista para las cuatro de la tarde, sufrió un contratiempo técnico que impidió la voladura conjunta. Primero cayeron dos de las gigantescas estructuras. Un cuarto de hora después, las otras dos siguieron el mismo camino. El estruendo fue el de siempre en estos casos: seco, profundo, definitivo. Pero el silencio que vino después, ese ya no se parecía a nada conocido.

Una hora de calma tensa antes del derrumbe

Desde las tres de la tarde, una hora antes de lo fijado, As Pontes contenía el aliento. La gente miraba el reloj sin disimulo. Las conversaciones se atropellaban y el eterno dilema de quien asiste a un adiós —no quiero verlo, pero necesito hacerlo— se repetía en las esquinas, en los bares, en las miradas cruzadas.

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Las torres, sin embargo, permanecían inmóviles, ajenas a la tensión que generaban. Solo doce nebulizadores rociando agua en su base alteraban la estampa de siempre. Alguien comparó la espera con la noche de Fin de Año, contando los segundos que separan un año de otro. La diferencia es que aquí no había uvas ni campanadas. Había pólvora, hormigón y medio siglo de historia a punto de venirse abajo.

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Y entonces ocurrió. No como estaba escrito, pero ocurrió. Dos torres cayeron primero. Quince minutos después, las otras dos. Cuatro colosos de hormigón que habían dominado el horizonte pontés desde los años setenta se convirtieron en escombros en cuestión de segundos. La nube de polvo lo cubrió todo, como un telón que baja para no volver a subir.

Un vacío que se ve y se siente

El paisaje de As Pontes ya no es el mismo. A nadie se le escapa que el perfil de la localidad ha cambiado para siempre. Donde antes se erguían las cuatro estructuras que identificaban la central térmica, ahora solo queda un claro. Un hueco físico que es también emocional, porque aquellas torres eran mucho más que hormigón armado.

Eran el símbolo de una época en la que la comarca entera vivía al ritmo de la central. Generaban empleo, identidad, rutina. Los más jóvenes las habían visto siempre ahí, como quien ve las montañas: sin preguntarse demasiado por ellas, pero sabiendo que forman parte de lo que uno es. Por eso el derrumbe duele más de lo que algunos quisieran admitir.

La chimenea, esa mole que resiste, queda ahora como testigo mudo de lo que fue. Su declaración como Bien de Interés Cultural se antoja cada vez más cercana, aunque todavía no hay nada firme sobre la mesa. Muchas voces aseguran que el reconocimiento está al caer, que el gigante que queda en pie merece un estatus que lo proteja del olvido. Pero lo cierto es que, por ahora, son solo esperanzas.

El fin de una era industrial

Conviene recordar que estas torres no eran un adorno. Formaban parte del sistema de refrigeración de una central que fue durante décadas el motor económico de la comarca. Su construcción marcó un hito en la ingeniería gallega y su silueta se convirtió en seña de identidad para varias generaciones de ponteses.

La central térmica dejó de funcionar, pero las torres siguieron ahí, como un recordatorio de lo que la localidad había sido. Su demolición cierra un capítulo que muchos daban por clausurado desde hace tiempo, pero que solo ahora se ha materializado de forma irreversible. Ya no hay vuelta atrás. El As Pontes que miraba al cielo y veía esas cuatro siluetas es historia.

No es menor el dato de que la voladura fallara en su intento de ser simultánea. Un contratiempo técnico, dijeron. Pero en una jornada tan cargada de simbolismo, hasta los

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Carmen Dorado

Periodista especializada en cultura y sociedad gallega. Colaboradora habitual en medios digitales del noroeste peninsular.

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