Seis personas han sido detenidas en Ourense acusadas de prostituir a mujeres de origen venezolano a las que, presuntamente, sometían mediante prácticas de brujería. La Brigada Provincial de Extranjería y Fronteras de la Policía Nacional desarticuló el piso, situado en la avenida de La Habana, donde las víctimas eran obligadas a trabajar en jornadas maratonianas.
El miedo como cadena
No hace falta violencia física para que una persona no se marche. A veces basta con el miedo. La investigación apunta a que los responsables de la trama utilizaban presiones psicológicas basadas en la brujería y el mal de ojo para quebrar la voluntad de las mujeres y disuadirlas de abandonar la prostitución.
Dentro de la vivienda los agentes se toparon con altares y velas instalados en distintos espacios. No eran decoración. Formaban parte, según la hipótesis policial, de un dispositivo de control pensado para hacer mella en las víctimas, explotando sus creencias y sus temores más profundos.
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Conoce más →Captar a quien nadie busca
Las mujeres captadas eran venezolanas y se encontraban en situación irregular en España. Difícil terreno para quien busca escapar: sin papeles, con pocos recursos y lejos de su familia, muchas dudan en denunciar. Justo ahí es donde actúan este tipo de organizaciones. La trama aprovechaba su vulnerabilidad para captarlas y mantenerlas bajo su control.
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Ver planes de hosting →La operación fue llevada a cabo por la Brigada Provincial de Extranjería y Fronteras de Ourense, que desarticuló el piso de la avenida de La Habana y practicó seis detenciones. La cifra habla por sí sola: seis personas dedicadas, presuntamente, a explotar a mujeres en pleno centro de la ciudad.
El rostro cambiante de la explotación
Conviene recordar que la trata de personas no siempre se manifiesta con encierros o golpes. Las técnicas de dominación psicológica —ya sea mediante deudas ficticias, amenazas veladas o, como en este caso, rituales y supersticiones— resultan eficaces precisamente porque dejan pocas huellas visibles. Una vela encendida ante un altar no delata nada a simple vista. El daño, en cambio, se instala en la cabeza de la víctima.
El caso de Ourense muestra además cómo las redes de explotación se adaptan al perfil de quienes captan: mujeres migrantes recién llegadas, en situación administrativa precaria y a menudo cargando con las dificultades económicas de sus países de origen. La explotación sexual sigue siendo una realidad presente en ciudades gallegas, y los cuerpos policiales tienen en este tipo de operaciones una de sus principales líneas de trabajo.
Quedan ahora los pasos judiciales: las seis personas detenidas deberán responder ante la justicia de los presuntos delitos que se les imputan. Por el camino quedará por saber si había más mujeres afectadas y si el piso de la avenida de La Habana era el único punto de la trama en la ciudad.
¿Cuántas mujeres habrán pasado por ese piso antes de que la Policía llamara a la puerta? Nadie lo sabe aún. Lo que sí queda claro es que combatir la trata exige mirar también donde no hay moretones: en las creencias, en los miedos y en la precariedad administrativa que convierte a alguien en presa fácil. La operación de Ourense es una buena noticia, sí. Pero la pregunta de fondo —cuántos altares como aquel siguen encendidos en otros pisos de Galicia— permanece abierta.
Con información de medios gallegos
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